domingo 31 de enero de 2010

Las aventuras con Vasil el Mudancero (nueva temporada)

Estimados: el Chorizo se ha tomado unos días libres, por motivos que no competen a sus excelsas sensibilidades. El vacío lo hace volver, como un resorte, con nuevos bríos y antiguos personajes. Vasil el Mudancero vuelve para dotar de amor a la vida el negocio del transporte. A los legos en la materia, recomiendo que, si quieren conocer el pasado de este amigo mío, busquen en las etiquetas (situadas a la izquierda, hacia abajo) y pulsen donde dice su nombre, lo cual hará volver del pasado un puñado de historias y situaciones de mi vida en las que él participa. Ajusten los cinturones porque vamos a estar constantemente cruzando el puente de la Barra. Vamos.
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Este verano volvimos a nuestro trabajo con mi inveterado amigo Vasil, que durante el año se dedica al pingüe oficio de las mudanzas. Sabido es que la de Maldonado es una sociedad dinámica como pocas en este país de población estable. Sucesivas olas de personas van inundando los barrios, especialmente los que están más lejos de la playa. Motivos variados traen a la gente, dentro de los cuales podríamos reseñar la expectativa de trabajar en la construcción, la promesa de prebendas si se cambia la credencial para votar a ese candidato, la expectativa de una prostitución más segura y bien paga, y así en adelante. Esto hace que las familias –y la gente que no se agrupa de este modo- se vean insertas en una peculiar deriva de casa en casa, a merced del conocimiento de los propietarios de apartamentitos de que la demanda es mucha y la oferta poca. Un año o dos en ese apartamento cuyo precio aumenta parejo con el color verde de la pared lindera con el vecino, que precisamente es el dueño, que agregó unos veinte metros cuadrados edificados al costado de su vivienda de un plan de los años sesenta. La convivencia con el vecino no tiene por qué ser la mejor. El trabajo estable sólo en algunos casos y los órganos sexuales colocados en lugares considerados ilegítimos contribuyen a parar la olla de mi amigo Vasil el Mudancero, quien además contribuye desinteresadamente con la manutención de unas vecinas de enfrente, que se turnan para ayudarlo a desagotar su virilidad, todo en el marco de una estricta convivencia y sin que los novios respectivos, uno trabajando de camionero de una distribuidora de cerveza y otro en la contru, tengan por qué ser necesariamente enterados de la connivencia. Vasil tuvo mujer, me lo contó, y con ella dos hijos, pero un día a ella se le ocurrió que no iba a tolerar que mi amigo introdujera su humanidad “en cuanta atorranta te abre las patas” y se fue, después de haberse asegurado el concurso de otro tipo que le permitiría seguir viviendo sin trabajar y que sí la quería llevar a bailar a las noches del Centro Español, a girar al ritmo de todos en torno de la pista, pispeando quién con quién, dónde puso la mano, volviendo al viejo estatus de bailarina fatal abandonado merced a que Vasil prefería por lejos las veladas del viejo Dancing Pamelita, hoy hecho astillas, que en paz no descanse. La mujer lo jodía, dicho por él. Después de que se quitó el fardo, ya sesteó despatarrado en la cama grande, ocasionalmente acompañado por muchachas de cuerpo joven y llenas de humildad pueblerina, aunque no exentas de malicia. Pero a él no lo engañaban. Por lo que me ha contado, él no es de esos hombres que tienen una mujer. Lo que le importa es mantener los huevos livianos y el estómago lleno, así de simple.
La cosa es Vasil amplió el negocio, en vista del aumento de la llegada de cruceristas. “Si todos curran, yo también” me dijo. Yo estaba tranquilo con mi casería en lo de los Randasso Strzswiuckiuk, unos porteños cajetillas pero bien a pesar de eso. Por más datos, la cara del hombre recuerda vivamente a la de Ungenio, el de Condorito. Durante el verano vienen y el trabajo se hace un poco más pesado, pero por suerte no son de esos que anden con indicaciones y la mujer no es quejosa, creo que porque tiene un amante más joven que le calma la ansiedad. El hombre no sé, pero paga ritualmente, así que no hay nada que decir de él. Además, como yo tengo iniciativa, más que yo seguirles los caprichos son ellos los que se ven forzados a seguir mi ritmo de sugerencias, porque para cuando vienen les tengo pronto el relevamiento de restaurantes (calidad, precio y exposición pública) y un menú de lecturas, que por supuesto he realizado con la plata de ellos y de acuerdo a mis gustos. Así, para este verano los esperé con los tres libros de Stieg Larsson, todos los de Mankell (como yo no pago, compré las ediciones carísimas de Tusquets), dos de Arnaldur Indridasson y una edición conmemorativa de “Tacuruses”, ilustrada y anotada. Y no dije nada de cómo les tengo el jardín, con especies autóctonas traídas del vivero de Artigas en Treinta y Tres, un jaspe en flor es aquello. En consideración de todo eso, y de dos o tres cosas que hice saber que sé, fue que me integré al negocio de Vasil, restándole horas a mi trabajo habitual, y no sueldo, agregando un nuevo jalón a mi currículum. Porque un día me llama Vasil y me dice que haber si me interesaba laburar con turistas, que sabía que yo había vivido un tiempo en el Chuy y entendía brasilero. Es más, le dije, hice unos añitos de inglés allá en el pueblo. Sin dudarlo, me prendí como una lapa al proyecto, que ya me explicaría esa noche, que fuera a la casa que tenía unas cervezas añejaditas en hielo esperándome. Recordé con nostalgia nuestros tiempos en el camioncito CHANGAN, que tuviera su apogeo cuando la changa que hacíamos había cobrado un refinamiento digno de balneario internacional: “Mudanza integral con lavado de wáter e instalaciones literarias”. Me embarqué en la invitación sin siquiera saber qué era, ni siquiera si me tocarían de nuevo aquellos traslados de libros en bicicleta.
(continuará)

lunes 18 de enero de 2010

C115. Sirvió y jodió.


Me había tocado poner la ropa a lavar. La noche anterior habíamos ido a un encuentro con algo de lo más primitivo en nuestros hábitos bailables. Pese a haberme acostado como a las cinco de la mañana, tal vez gracias al calor, estuve levantado levemente antes de las diez de la mañana. No era la tarea doméstica la que me motivaba sino la escritura de un cuento en la que estoy todavía inmerso. Fui alternando los sucesivos lavarropas con la investigación que iba haciendo para la escritura y con la realización misma del relato. Escribir puede ser un proceso rápido una vez que se tienen las ideas concertadas. También puede ser un laborioso descubrimiento de una historia que está ahí, justo en ese lugar donde no estaba. Las palabras van formando una especie de torrente que se ocupa de convertir en líquido esos obstáculos que parecían de verdad. Colgar la ropa en un día de intensa canícula era una actividad bastante opuesta al clima que sentía en la piel el personaje, desde hacía inmemoriales años. Digámoslo: el tiempo dedicado al mantenimiento de la vida diaria interfería en la creación de la existencia intemporal de la literatura. Por suerte no es un hecho desusado, al punto de que he llegado a tener cierto protocolo estandarizado que me permite no pensar qué colgar y dónde. Hasta que un bulto se hizo notar en mi bermuda de inglés en las colonias, de esas que tienen bolsillos a los costados, marca Pampero. Precisamente en el bolsillo tanteé el hecho ominoso. Ya había lavado dinero, como corresponde al lugar en que vivo. Todavía no había limpiado una línea telefónica y algo me dice que no es a bambolear celulares con jabón en polvo que se refieren en las novelas de espías cuando hablan de “líneas limpias”. La primera reacción fue intentar prenderlo, cosa que no fue posible. Decidí no desesperar, por lo cual lo puse al sol.
Después de un rato, hice una nueva tentativa, tras la que el aparato prendió su luz azul. Pese a esto, el funcionamiento se hizo errático. Las teclas no respondían. Unos ceros aparecían por cuenta propia, como insectos invasores. Las funciones parecían haberse conservado en islas, que se incomunicaban una vez que yo intentaba hacer algo que estaba dañado. El margen de acción era escaso. Los signos vitales oscilaban. Lo apagaba y lo prendía. Iba aceptando la pérdida, que me significaría lo que al final tuve que hacer: adquirir un nuevo aparato. Pero en un momento en que estaba prendido, conectado al cargador como una más de las formas que buscaba de reanimarlo, sonó. Un teléfono desconocido me llamaba. Quise atender y todo salió mal. Cuando quise ver, el aparato estaba llamando por cuenta propia. Una voz grabada me pedía que aguardara en línea. Era el 911. Posta.

domingo 17 de enero de 2010

Club de catadores

Estaba por ir al supermercado a buscar limones y "poc". Apareció Leonardo Cabrera. Hablamos de cuestiones relacionadas con la literatura, esa adicción que compartimos. Las cosas que uno anda escribiendo, las que otro corrige de lo que uno escribió. Y soltó la bomba: http://www.clubdecatadores.wordpress.com/ Es un blog en el cual comentaremos libros que hayamos leído. De forma breve, con una cita. Esto es, de alguna manera, un hijo electrónico de lo que fueron las revistas Iscariote y La letra Breve, que mucho y bien nos vincularon. Otro paso. Pasen.

viernes 11 de diciembre de 2009

Sin entusiasmo

se dedica con cariño al G.K.


Estábamos cogiendo mecánicamente, sin siquiera sacarnos más ropa de la necesaria para que una pija entrara en un culo. La mía en el suyo. Yo me impulsaba con la mano izquierda en la mesada alta esa que tiene en la casa y con la otra me afirmaba en su hombro. Acabé como quien mea. Pensé que no sabía por qué estaba haciendo eso. Quería a mi mujer y tenía miedo de que a él le diera por ponérmela a mí también. Me molestaba un poco la barba siempre a medias esa que tiene y el tufo a tabaco de pipa que le impregna las camisas. Él tampoco parecía estar entusiasmado. Tenía una cara de aburrimiento cósmico. Estoy seguro de que prefería leer por enésima vez esos libros de Onetti gastados que tanto atesora antes que garchar con énfasis. Y eso que la tengo grande y negra, tanto que unas putas brasileras me querían contactar con uno que grababa películas porno en Porto Alegre. Orto alegre, les dije bastante empeducho. No sé qué pasaba. Por qué cogíamos si parece que a ninguno le interesaba. Él no parece puto y yo no lo disfrutaba. Es más, como ya dije, me atenazaba el miedo de que quisiera darme él a mí. Pero no, no despega los codos de la mesa. Me quedó grabada esa vez porque quedamos los dos acodados, uno al costado del otro. Nos pusimos hablar del posible pase de un jugador de Nacional al fútbol español, hablamos de la cotización descendente del dólar y del precio de la tonelada de lana en Nueva Zelanda, creo que también hablamos del grupo político nuevo que había fundado aquel que fue intendente por un partido y vicepresidente por otro. No sé, pasión nunca hubo. No nos gustábamos. De repente, la historia habría sido diferente si no fuéramos los dos de Melo.

miércoles 9 de diciembre de 2009

No cuesta nada

Me han contado –y les ha servido para reírse- que de noche converso como un descosido. Me aíro, divago o insto a una hipotética dama a relajarse, eso cuando la emisión es más o menos inteligible, ya que –declaran- las más de las veces me expreso en un lengalenga farfullado. Más grave aun: no pocas veces elevo mi voz en inglés o portugués, dos lenguas que han recibido mis atenciones. Pienso en los posibles orígenes de la conversadera onírica y me recuerdo practicando mi pronunciación del inglés antes de un examen o estudiando cierto poema que tenía que decir de memoria al otro día en la escuela (¡cómo odiaba memorizar poemas en la escuela!), porque me habían explicado que de esa forma te lo aprendías mejor. Y tenían razón.
Pero hace dos noches a mí me tocaba escuchar. Me tocaba tomar exámenes orales de portugués. Se presentó C.A., un muchacho muy particular de gesto mohíno las más de las veces y que supiera teñirse el cerquillo de verde, de un delicado verde. Se sentó ahí con su columna erguida, duros los ojos, ladeada la cabeza. Empezó a responder en español, y escueto. No me podía creer aquello. Le dije que tenía que hablar en portugués, que era una prueba de esa lengua. Usó el hombro izquierdo para decir “qué me importa” y siguió inmutable en su variedad rioplatense del castellano. Recién ahí me di cuenta de que él no estaba habilitado para rendir esa prueba, ya que había reprobado en las dos instancias anteriores. Cuando se lo manifesté no pareció molestarse sino más bien poner cara de “y bueno, esto podía pasar” e irse con capucha y todo. Pasaba una muchacha rubia de pelo largo, de apariencia resuelta, probablemente de vaqueros ajustados y championes olimpikus blancos, aunque esto es una conjetura basada en la impresión de su cara. Lo juro, no llegué nada más, aunque si me presionaran un poco bajo algún tipo de tortura, arriesgaría que usaba ropa blanca. La cara era más bien inexpresiva, como de esas personas sacrificadas que actúan como autómatas frente a una exigencia. No transmitía alegría. Pero hablaba. Tenía un discurso fluido y natural. De algún modo, a mí me parecía que casi todos los ítemes que tenía que evaluar (comprensión de la consigna, fluidez, fonética, sintaxis, vocabulario, producción) estaban bien resueltos por la estudiante, que sin embargo dejaba la sensación de que algo estaba haciendo mal. Calculé que de los veinticinco puntos posibles le pondría veinte. Y digo “la sensación” porque no le entendí nada debido a que hablaba en francés, que para mí es chino.
La culpa debe ser de Mempo Giardinelli, gran escritor, que en su libro “Final de novela en Patagonia”, además de relatar su viaje por esas tierras con un amigo, va viviendo simultáneamente el desarrollo de una novela que se escribe en su cabeza y cuenta los sueños que está teniendo, los que tuvo, los que siempre tiene. Como la otra vez, cuando estaba con Jung, cuando leo sobre sueños me da por soñar y recordarlo, algo que es infrecuente en mí, lo cual compromete seriamente mis posibilidades literarias. Quizá por eso esta última noche otra vez soñé que escuchaba. Acaso se trate de un aprendizaje que vengo procesando y se refiere, ni mucho más ni mucho menos, a retrasar mi respuesta, a dejarla que se parezca un poco al vino o a los amores bien ejecutados. Allí estaba de nuevo dispuesto a oír, preparado incluso para hacerlo y registrarlo, munido de mi mp4 a modo de torpe grabador. Iba a entrevistar a mi librero catalán, que tomaba su eterno mate de cuero con esa yerba que nadie más toma. Lo gracioso era que no llevaba preguntas preparadas, no tenía la más pálida idea sobre qué podía preguntarle. La conversación empezó a fluir de su parte. Hablaba de algo natural, cotidiano en nuestras charlas. ¿Política? ¿Libros? ¿La relación del hombre y la mujer? Es posible que el mp4 estuviera prendido y grabando mientras yo pensaba que, como me pasó con Aldyr, la mejor entrevista es esa donde el que habla es el que debe hablar. Imaginaba que después editaría esa charla informe y la convertiría en algo atractivo. Llegaba una mujer sin cara que preguntaba por algún libro para mí ignoto, que creo no estaba. La conversación se interrumpía irremisiblemente. Tenía que levantarme para tener un día burocrático.

domingo 29 de noviembre de 2009

Apuntes del día del balotaje


El día está nublado, húmedo, y los campos amarillos llenos de florcitas de tallo alto que a lo lejos se ven como un manto. Los árboles, los pastos, las hojas modificadas, todos ellos exportan su vigor pasado por agua a los ojos del ciclista atento. Unas palomas están en el mismo nivel trófico que unas oscuras golondrinas en la esquina de Ipiranga y José Pedro Varela, a unos pasos de la que fuera mi apartamentito con puerta de lata, donde dos por tres pisaba algún caracol boludo que justo había decidido atravesar mi entrada en horas nocturnas. Por esas cuadras lo que pensé fue que no acabaron con las oscuras golondrinas ni con su imposición gregaria sino con los balcones donde se posaban, terminaron con los ojos de Rubén, los apedrearon. Minaron los cimientos de la cultura, desde la propia cultura. La comunicación del conocimiento desde las generaciones anteriores tuvo tajos, rajaduras, abollones. Hubo demasiada gente que confiaba en sus visiones prefabricadas para ver el mundo y esas construcciones se revelaron hojaldrables frente a la humedad, volátiles frente a la atmósfera enardecida, subordinadas a unos principios más básicos y simples que nos subordinaban a otros tipos que hacían que el panqueque bailara a su son. Hace unos minutos vi dos de esas casas, hechas con planchas de conglomerado de madera, ese material que deja ver el aserrín del que fue hecho. Me las imaginé pudriéndose de humedad al aliento podrido del lobo disfrazado de cordero argumentativo.
Me levanté bastante temprano, igual que la vez anterior, esta vez sin que la tristeza llegara al nivel de mi nuez. Sí con una sensación de vacío, de trámite, como de quien tiene que sacarse el carné de salud. Es que tenía que elegir entre dos compañías de seguros. Una, que es la que tiene más preferencias y otra, que intenta menoscabar la confianza en la anterior. La primera cuenta en sus filas con integrantes que pueden acreditar carreras afines al servicio que quieren vender, mientras que otros variaron su antigua posición opuesta al sistema de empresas de seguros para ser los adalides empresariales del hoy. La segunda tiene un panorama similar: algunos cabales agentes y otros de turbios antecedentes que empalidecerían al mismísimo Bernie Maddoff, a escala, se entiende. Los presidentes de ambas compañías parecen haber sido elegidos por la población, usando para su extensa campaña publicitaria fondos provenientes de la propia población, en el mejor de los casos. Se mueven tras escudos de aplausos y banderas de sus empresas, con patovicas y arsenales de gritos. Porque eso son los partidos políticos: unas compañías que nos preservan del monopolio. La palabra democracia, asimismo, es una exageración de tinte publicitario que nombra al sistema de libre competencia imperfecto que prima en esta sociedad nuestra. Nadie crea que las compañías de seguros resuelven los problemas de alguien porque sólo funcionan como llaves térmicas, aunque más falibles. Si no, miren la película “Sicko”, de Michael Moore, donde se ve cómo funciona el sistema de salud estadounidense manejado por empresas de ese ramo.
Fui a votar en blanco. Me disgustan mucho los candidatos en danza. Ninguno de ellos me parece apto para el cargo al que se postulan. Me da la impresión de que, si la aristocracia se definía como el gobierno de los “mejores”, podemos salvar los abismos conceptuales y definir nuestra democracia. Además, tengo un poco de aversión hacia los corredores de seguros, desde que uno entró en casa cuando yo era niño. Vestía pantalón formal y camisa ídem, además de portafolios y palabrerío. Alguien conocido se lo había recomendado a mi padre, por eso fue que entró. Era hábil. Vendía seguros de diverso tipo, pero lo que más me impresionó fueron los seguros de vida. Es decir, ponía sobre la mesa la muerte de mi padre y lo que cobraríamos los deudos después de ella. Simbólicamente, el hombre gordo y pelado cuyo sillón sigue ocupado desaparecía y venía una suma de dinero. Los políticos me recuerdan a ese hombre cuya cara borré. Y la relación de mi padre y su hipotética muerte abunda en anécdotas, que podrían ir desde cuando lo operaron a corazón abierto hasta cuando, en días actuales, se refiere a la “cuota del cajón” que paga todos los meses. Tal vez a él le deba mi enfermedad por la palabra escrita, quizá por haberme regalado “Las aventuras de Juan el Zorro” de Serafín J. García o por no entenderme cuando hablaba, lo que me obligaba a ser coherente, preciso y claro. O, de repente, por su instinto exagerador y sus estéticas y aplastantes respuestas indignadas, como la vez de la feria, una de las pocas veces que los dos fuimos juntos. Resulta que se encontró con un hombre medio veterano que había sido compañero suyo en la Dirección de Sanidad Animal. Se saludaron e intercambiaron un diálogo lacerante.
-Ta gordo doctor, ¿no será el último engorde?
-Lo veo flaco, Azambuyo, ¿no tendrá un cáncer?

viernes 6 de noviembre de 2009

Carlota Podrida, de Gustavo Espinosa


“(Nota del autor para los traductores: Señores, no conozco sus caras ni sus nombres, ni sé en qué tiempo emprenderán su tarea. Pero ahora estoy seguro de que ustedes existen, están esperando estos papeles en algún rincón del futuro. Noten, entonces, que la expresión “todo el mundo” (galicismo e hipérbole lexicalizada según me enseñaron en los cursos de idioma español) en este caso se aproxima bastante a la literalidad. Significa, y es un mérito que me cuesta creer propio, más que “mucha gente” o “en muchos lugares”, o “en todo Treinta y Tres”, o “en muchas partes del Uruguay”).
Estos vértigos deben ser inevitables cuando se han logrado las traslaciones desastrosas que yo me propuse: transformar el signo en realidad, hacer que el espectáculo de la virtualidad desrealizada emane los aromas agrios de la carne, alambicar la transpiración y el moco de lo que era información pura, resolver una mera irradiación platónica, un fluido de ilusión, una alucinación eléctrica, un tejido cansado y adrenalina triste. Y esa desprogramación súbita que he consumado comienza por reconvertir los símbolos en un organismo que se eriza y, acaso, menstrúa.”
Fragmento de la página 98 de “Carlota podrida”, de Gustavo Espinosa, Casa Editorial Hum

En la carpa de la Feria del Libro de Maldonado, el editor quería, con énfasis, vender el libro de un portugués llamado José Luís Peixoto. Según él, en Portugal regalan la novela en los velorios. También describió el tipo de literatura, aparentemente en boga por estos días, consistente en narrar la propia vida del escritor o algo así. Lo de los velorios me pareció interesante, curioso. Lo de revelar el propio transcurso vital me da una impresión de escasez y dudo de la proyección de una obra así, pero todavía no lo leí al portugués, que capaz que es bárbaro, hasta parece que se coló en unos cuantos mercados y todo. Mi argumento de oro para no elegir el libro es el tema de la traducción ya que, a falta de criterios sólidos a la hora de seleccionar lecturas, me baso en el capricho, el prejuicio, el afecto. El capricho prejuicioso me dicta no leer traducciones del portugués (salvo Saramago, a quien ya no leo porque me aburrió). El afecto hizo que no dudara un instante en hacerme de “Carlota podrida”, escrito por Gustavo Espinosa, un olimareño que nunca fue mi profesor de literatura, si se exceptúa la vez que concurrí a su taller literario (justo el día en que se cerraba) y una clase que dio invitado por Ricardo Tejera, que sí era mi profesor, ese que me demostró que se podía cantar dando clase y que no me dejó hablar de “Los hermanos Karamazov” después de que me pasara tres días ininterrumpidos leyendo el mamotreto, que había disfrutado mucho. El caso es que me provocó una alegría ver publicado ahí a Espinosa, metido entre algunos de los prohombres de la literatura uruguaya actual. Recordaba además la brutal experiencia de las moscas que negrearon en medio de “China es un frasco de fetos”, su anterior novela, premiada por la revista Posdata y que compré en la extinta Librería Olimar, mi primera librería. Se trataba aquél de un libro rarísimo, de grueso calibre surrealista y ambientado en un futuro devastado que, de todos modos, daba cuenta mediante el ridículo de algunas taras de nuestra sociedad. Recuerdo que, para acentuar el efecto de extrañamiento, lo leí al mismo tiempo que “Shanghai baby”, por lo cual hice un texto para Iscariote donde mezclaba las reseñas de ambas novelas, tan diferentes y chinas.
Carlota es diferente y es igual. Se diferencia en que muestra unos personajes realistas en un Treinta y Tres parecido al que uno se encuentra más o menos incambiado cada vez que se baja en la plaza, con todo y árboles, barrios y apellidos de siempre, los mismos que aparecen año tras año en las listas del liceo, en los nacimientos que publica la revista del cable. Pero también en eso es igual, porque también están las calles y veredas anchas de siempre ahí, porque el desquicio aterriza como un meteorito de mierda sobre el pueblo. Para quien no conozca la “capital olimareña”, podrá hacerse una buena idea de sus dinámicas a través de la escenografía que pinta Espinosa, desde el periodista Amílcar Recuero (que tanto recuerda a una de las voces notorias de la radio local) hasta los paraísos que pueblan las calles del centro y el contraste entre éste y los barrios más alejados. (No son paraísos artificiales, son árboles).
El mundo llega a Treinta y Tres a través de la visita de beneficencia que recibirá de la actriz europea Charlotte Rampling, la misma que el narrador oteara febrilmente en una extinta sala de cine local, tal vez inspirada en una que nunca conocí más que por cuentos, donde hoy es la agencia de Núñez Transporte y Turismo. La ocasión es anunciada con antelación, la cual abona la planificación febril del personaje, quien normalmente se desempeña como músico en una orquesta de cumbias, en las que a veces se copa haciendo algún solo desproporcionado en tributo a sus ídolos nada tropicales. Es un secuestro. La narración está dividida en dos partes, que se intercalan, una de las cuales es el relato de los hechos, tendiendo a cierta sobriedad, y la otra el monólogo del personaje, en cuya cabeza se repasa el pasado, se enumera hasta el hartazgo sin obviar el caos y alcanzando la imposibilidad de la traducción dada la mescolanza de regionalismo y cultismo. El desgraciado del escritor previó eso ya que, pocas páginas después de que a mí se me ocurriera la genial idea de pensar cómo se las vería un traductor con tal exceso, al narrador va y se le ocurre hacerle alguna puntualización al eventual profesional de la traición. Mala gente: rezuma consciencia.
Se podría dividir el tiempo en a) pasado adolescentoide previo a no irse a Montevideo, b) presente decadente, que a su vez se parte en 1) antes de la llegada, 2) durante el arribo, con transmisión y todo, 3) durante el esperado nudo de la narración y 4) después de él, ya viviendo muy cerca de la Biblioteca Policial. Éste va transcurriendo, de forma no lineal, a través de las dos narraciones solidarias ya nombradas, en las que vamos conociendo de a poco a los personajes: “la loca Marisa”, “el Perejil”, “el Pijero”, que son los que más recuerdo. La primera por puta de culo chato y grisáceo, el segundo por recordarme a un personaje de la vida real muy parecido y el último por tallar vergas de madera y porque trajo cola: Gerardo, que estaba leyendo el libro siguiéndome algunas páginas atrás, me mandó un mensaje de texto que decía “no tallo más”, en el que se refería al símil que vio entre sus muñequitos cilíndricos y piezas de ajedrez con los falos del itinerante personaje olimareño.
El lector se ve forzado a intentar dar un eje conceptual a la cosa. Yo vi este: el ideal etéreo de un primer mundo mamado desde el tercero viene a darse de cabeza, envejecido, contra el barro y la bosta del confín de la periferia detallada. Hay dos puentes viejos: la imaginación y el lenguaje. Esto no debería ser una novedad tratándose de literatura, pero quizá sí lo es si se le agrega un gentilicio al sustantivo que está antes de la última coma. Debe advertirse que, en unas épocas en que el coginche y la prostitución gozan de prestigioso estado mediático, el que no es apto para todo público es el lenguaje de esta novela.

miércoles 4 de noviembre de 2009

Mis últimos no premiados.


Una vez más, casi como una costumbre fisiológica, mandé cuentos al concurso de Ancel (T cuento Q). Esta vez muchos menos, con menos ganas, sabiendo que he perdido el oficio de los espacios reducidos. Aquí están, con retoques y omitiendo uno pésimo, mi más reciente obra no premiada, esta vez de una calidad indudable, por lo mala.

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Tan rápido como se alejaba de la cárcel, se acercaba a ella.

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Se enamoró de ella cuando supo que no tenía celular. No vaciló en pedirle su número de celular.

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Tuvo todo a disposición. Buscó la nada.

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-Si te morís, me muero –le dijo el cáncer al tipo.

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-Gracias, Eva. –dijo Newton.

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Dios quiso morir. Sólo consiguió ser tergiversado.

sábado 17 de octubre de 2009

Dos libros a partir de la Feria del Libro de Maldonado

“Porrovideo”, de Jorge Alfonso, publicado por Hum Casa Editorial
El día en que llegué a vichar la feria del libro en la Plaza San Fernando, la semana pasada, saludé y quedé haciendo de retén en un puesto. Sin BPS. Cuando conseguí soltarme del yugo, avancé por la carpa blanca y larga que contenía las mesas de venta de libros hasta dar con Servando Valero, funcionario de una librería, fotógrafo, amigo y coeditor de RRR. Nos saludamos, comentamos sobre el libro de Alfonso Larrea –que todavía no he leído-, intercambiamos comentarios sobre la realidad y de repente hablamos de RRR. Lo interesante de la cuestión es que me señaló el puesto que estaba justo frente al suyo. Era el de Hum, una editorial de Montevideo que hace unos libros con una tapa muy linda y distintiva. Eso no es todo, claro, ya que los tipos parece que andan publicando cosas buenas. Aquí es donde digo mi ignorancia: no había leído ni uno de sus libros. Servando me dijo que estaban precisando alguien que laburara el puesto. Me quedé con ganas, pero ese fin de semana iba a Montevideo a ver por primera vez en unos seis años a un amigo con el que venimos manteniendo el mismo diálogo desde el 97. La cosa es que apareció Martín Fernández, hombre de Hum, con quien nos pusimos a conversar. Me identifiqué como antiguo empleado de Iscariote. Le manifesté todo lo que yo no sabía. Habló de sus libros editados. Tuve alguna alegría de la que hablaré después. Me negué a leer el libro del portugués Peixoto traducido al español. Soy cerrado en eso. Pero creo en las cagadas rojas como en el verso octosílabo. La diarrea de un pájaro impactó en mi cabeza despoblada, en la campera de lana del editor, en la tapa de Porrovideo. Abatió mi renuencia, por lo cual me llevé el tomito, que se me terminó revelando como muy entretenido. En los cuentos casi siempre hay animales, porros, amigos, alcohol y otras cosas. Casi siempre también el personaje se ve enfrentado a ambientes amenazantes o deprimentes, o a la estupidez, la desidia propia y ajena, etcétera. La prosa corre con mucha fluidez, sin que el narrador evite ninguna palabra sino más bien que las use con una naturalidad coloquial. Varios de los cuentos provocan un franco efecto. Se lee con una sonrisa siempre, con soltura, sin que se pierda de vista una mirada inteligente. El porro, no habrá novedades aquí, es el humo conductor en la ética y la estética. Es interesante además como fotografía de un colectivo numeroso de nuestra sociedad. La interrogante que me queda es: ¿cómo hace o hará Alfonso para escribir otra cosa? ¿Necesita variar? Ojo que igual leo otro.

“Un lugar lejano”, de Fernando Butazzoni, publicado por Planeta
Fue así. Mi librero catalán siempre esgrime libros cuando me ve. Supone que me interesa la literatura uruguaya y a veces tiene razón. El tipo fue mi patrón, además de que puedo anotarlo como amigo. Tenemos unas conversaciones de lo más interesantes. Es uno de esos locos que, me parece que un poco como yo, primero tiran bombas de excremento para probar los reflejos y las ataduras morales del interlocutor, esquivadas o resueltas las cuales se entabla una conversación inteligente y creativa. Como librero, es atípico. Insiste en prestarme libros, frente a lo cual me hago el digno y digo que no. Eso sucedió con “Un lugar lejano”, tomo en el que se basa una película homónima, por más datos. Le había gustado un detalle de la narración. Me lo quiso dar, me negué. Pero la cosa no quedó ahí porque una semana o dos después me lanza a bocajarro: “¿Cómo te ves para hablar de un libro en la plaza?” Se refería a la presentación que haría Butazzoni de la novela por él firmada, auspiciada por la Libros del Duende. Le contesté que mi vergüenza estaba perdida hacía tiempo, que si leía el libro no veía escollos en hablar de él. Consiguió prestármelo al fin. Lo leí rápido. Es breve. Un fotógrafo se va a morir de cáncer. Sueña o sabe una toma que necesita hacer. Para ello debe desplazarse a la ignota Manchuria, en la Patagonia helada. El lenguaje se adapta como guante al vacío del paisaje y el vaciamiento del personaje. La camioneta se le da vuelta e ingresa en lo que la trama luego poblará de dudas. ¿Quién era ella? ¿Qué era? Esa es el elemento virtuoso del argumento que Gerardo me decía. Nos generó toda una discusión posterior a la lectura. Ambos quedamos con preguntas, en los dos casos con respuestas distintas debidas a nuestros deseos. Quedó tan motivado con algún aspecto desconocido de la novela, que un día me llamó de noche para desplegar por medio de nuestros celulares un catálogo de narraciones ambientadas en la Patagonia. Buscaba similitudes, ponderaba el poder de un espacio vacío como territorio para la literatura. En definitiva, se trata de un libro que propicia las preguntas, que genera espacios blancos. Butazzoni no concurrió a la Feria del Libro de Maldonado.

miércoles 7 de octubre de 2009

Patadas de chancho


Estoy desesperado. La campaña electoral carece de propuestas. Es por esa razón ineludible que, cual defensa desesperado que sale de la cueva a empujar al rival, salgo al ruedo. Además, sucede que encontré en un recoveco de mis archivos una colección de microcuentos provenientes de un tiempo anterior, en el que yo también escuchaba el discurso múltiple de los políticos. La publicación ya empezó. Tómese esta inaspirina una vez por día y verá que puede.

viernes 2 de octubre de 2009

Vou pro Rio

Hoje eu ia escrever, como faço todas as sextas-feiras, o meu romance por capítulos. Mas tive que ir cobrar o meu salário, o que virou uma viagem, já que só consegui fazê-lo no terceiro caixa. No primeiro, tinha uma multidão. No segundo, estava até o prefeito Óscar Joe de los Santos na fila. Até pensei em pedir para ele que arrumem o nome da minha rua e da rua da esquina (os bestas botaram "Francisco Spínola" e "Emilio Frugone"). Já imaginou um cara querendo ser escritor num bairro que tem escritores nos nomes das ruas, mas errados? Mas não falei nada pro Óscar. Eu fui até o supermercado aquele grandão, onde enfim pude pegar a minha grana e, como prêmio especial, me encontrar com a minha segunda aluna, a Hellen, que já fez 21 anos e fez um curso de aeromoça. "Espero te encontrar num avião" foi o que falei para ela quando nos despedimos. E agora mais do que nunca quero que aconteça isso, porque o Rio de Janeiro foi eleito para sediar as Olimpíadas de 2016. Coisa que me fez sentir uma alegria imensa que, admito, me fez chorar.

lunes 7 de septiembre de 2009

IV Encuentro de Escrituras, una crónica narrativa

La luna generaba algo así como un campo de fuerza que expulsaba las nubes de su alrededor, esas que hace días venían instaladas sobre Maldonado, mojando la cuarta edición del Encuentro de Escrituras. Venía triste. Desde hacía un rato traía una vaga congoja en las manos puestas en los bolsillos, en el balanceo moroso caminando hasta casa. Ya me ha pasado y es el alimento de la felicidad. El vacío es el fundamento que uno tiene para intentar hacer cosas. Tenía una sensación de pérdida de lo que todavía no se perdió. La del futuro dolor, la de percibir el alma insustancial de la mujer que hará sufrir a un hombre de buena fe (o al revés, claro, pero es que hay cosas que uno vive y lo marcan). Sentía fuertemente que el último Encuentro de Escrituras es efectivamente eso. Temo que la política interfiera en las políticas, que no haya otros como Luis Pereira. Y que no haya gente con las trayectorias y calidades de Aldyr Garcia Schlee, Esteban Moore, Antonio Cisneros, Elder Silva, Alfredo Fressia, entre otros a quienes no estoy haciendo justicia, de puro ignorante que soy. También estuvieron Damián González Bertolino y Leonardo de León, amén de otros amigos y conocidos macanudos que no tenían asignados lugares brillantes pero que constituían el todo sin el cual no hay milagro. Mi presencia estuvo sólo en una fracción de las mesas. Había que trabajar, cosa que logré conjugar con los placeres de la literatura cuando la actividad se trasladó a uno de mis lugares de trabajo. Fueron Aldyr, Carlos Bernatek e Inés Trabal al Centro de Lenguas, un lugar de amor subfinanciado por Educación Secundaria. Por supuesto, intenté encontrarme allí donde estaban las personas queridas, como en la lectura de LDL, sobre la cual no abundaré por temor a que el individuo siga agradeciendo.
Pero sí de Damián, por motivos ajenos a él. Bueno, más o menos. Porque fue así: la presentación de su libro “El increíble Springer” estaba programada para las cuatro de la tarde en el CeRP del este. Se postergó para las seis, lo que me dejaba fuera de combate, ya que a esa hora estaría yo en el Centro de Lenguas. Por suerte había dos platos, siendo el segundo en la Casa de la Cultura, junto a Andrea Blanqué. Había una tela blanca sobre la que se proyectaría algo. La gente iba avecinándose al lugar y a las sillas. Se avisaba de que no había sido posible la conexión a internet, por lo cual no podríamos ver en la pantalla la imagen de TaRtAtExTuAl, el blog del antedicho escritor peludo. No era para tanto, así que Llarvi hacía una introducción breve y anunciaba una sorpresa que yo calculaba. Leía un fragmento del primer cuento del libro antes de leer uno de menor duración del segundo. Anunciaba el fausto momento que vendría a continuación. Su amigo Sergio Elena había venido de Montevideo especialmente a ver la presentación del libro. No sería nada destacable en esta crónica de no mediar los detallecitos de que es pianista y nieto de Felisberto Hernández, escritor uruguayo de alta factura que también era pianista y, ahí fue donde me desasné, compositor. Elena contó algún entretelón, como por ejemplo que las partituras originales de una obra del abuelo habían sido rescatadas de la basura por una limpiadora con olfato, que se las arrimó al musicólogo Coriún Aharonián. Narró además las palabras con que Felisberto había hablado de su obra “Negro”. El escritor mencionaba la “absurda melancolía de los negros”. Explicó algunos conceptos musicales que ilustró con el piano. Acto seguido, se lanzó sobre las negras y las blancas. Sonaba tan parecido a Egberto Gismonti que me corrió una cosa por la espalda. Barajé una hipótesis acerca del parecido y, conversando con el músico y con Damián un rato después, debí agregar la posibilidad de que de alguna manera las influencias fueran las mismas. O de que el mineiro conociera la obra del autor de “Por los tiempos de Clemente Collins”. Tuvo el efecto que tienen las bellezas inesperadas. Para darle un poco más de color a la velada, intervino Aldyr. Comentó que había traducido a Felisberto. Sumó que circulaba la versión de que éste habría estado alojado en un cuarto de cierto hotel de Jaguarão, el mismo donde también habría estado el escritor salteño Enrique Amorim, acompañado de Jorge Luis Borges. Sopesó el posible carácter mítico del relato. Damián, Elena, Felisberto, Egberto, Aldyr, Felisberto, Amorim, Borges. Interesante jugada colectiva.
Le tocaba el turno a Andrea Blanqué. Me pregunté cómo diablos podría levantar la apuesta. La carga poética había subido a grados difíciles de empardar. Empezó hablando de la edición cara de su libro, que se había agotado rápido por obra y gracia de los grandes volúmenes que compran ciertos comerciantes. Hizo alusión a la razón por la que se había demorado la reedición: crisis internacional. Terminó por decir que el libro había salido baratito, para que lo compre gente como ella. Pasó a su segundo párrafo, en el que empezaba a hablar sobre lo escrito propiamente dicho, la novela “Fragilidad”. De entre el público se oyó la inconfundible voz de Ignacio Olmedo, que pedía para hablar. Supuse que tendría ansias acotadoras. Pero no. Pidió silencio a unos que –me enteré recién entonces- conversaban en la periferia del público. “Molestan” dijo. El impacto instaló un viento inmóvil en la asistencia. No conforme aún, irguió su metro ochenta y pico con gorrito de lana y dio unos pasos hacia el lugar de donde él sabía que provenía el disturbio. Les reiteró lo dicho y los conminó a irse o integrarse. Agregó algo sobre los beneficios que le concede la edad. Volvió a la silla. Recibió el agradecimiento de Andrea Blanqué. “Gracias, Ignacio” dijo la escritora, que siguió hablando sobre su libro, manteniendo siempre la tensión narrativa, ya que este cronista no dejaba de preguntarse si en algún momento abandonaría el relato sobre el relato y, llana y lisamente, se dispondría a leer un fragmento del mismo. No lo hizo.
Se terminó esa mesa. Venía un momento de mármol. Necesité aire. Me encontré afuera del salón de la biblioteca a varias personas, una de las cuales invitó a tomar unas cervezas. Lo hizo con tanta autoridad poética que me vi forzado a tener un ángulo de visión todavía más agudo del acontecimiento que se terminaría el sábado de noche.
Por un enfoque más poético del asunto, apriete justo en el adverbio de lugar, aquí.

domingo 30 de agosto de 2009

Conferencia sobre Borges

Hace dos días, de noche, tuve unos momentos de felicidad. Había venido siendo acribillado a correos electrónicos y carteles en los blogs, razón por la cual no lo pude evitar. Me movía además el afecto que siento por Fabián Muniz, el Archiduque, un loco al que conozco de pocas ocasiones pero que siempre me ha dado una impresión de alegría y espíritu positivo. Constructor de sonetos además, que no es poco. Por esas razones, no por Borges, fue que me llegué hasta el CEI, donde la Asociación Cultural Occidente organizaba una charla al mentado escritor que veía tigres. He sido lector de Borges, he pasado por ese fructífero escollo. El hombre ese escribía como nadie y es peligroso. En fin, al grano. Los panelistas eran dos: el argentino Juan Pablo Vitali y el uruguayo Horacio García Verzi. Hablaron frente a un público que llenaba la sala. El primero expuso lo que a su entender es la decadencia cultural argentina, trasuntada en que no se lee a Borges en la educación de ese país, se destruyen los monumentos, se privilegia la inversión inmobiliaria frente al respeto por lo patrimonial, etcétera. Dejó claro que todo es, más tarde o más temprano, política. El enfoque es notoriamente la visión maximalista que ya tenía Aristóteles, que reputaba –lingüísticamente me parece- que todo lo que pasa en la polis es político. Con esto último concordó Verzi, que fue gradualmente pasando así a su punto. Primero hizo gala del necesario diálogo con el copanelista, luego pidió alguna disculpa por hablar de su persona, para entrar en terreno de humildades al hablar de su descomunal trabajo. La búsqueda giraba en torno al concepto de “identidad”, expresada por marcadores lingüísticos, en toda la narrativa y toda la poesía de Borges. Merece signos de exclamación. Así, por ejemplo, fue impactante escuchar la cantidad exorbitante de veces que Borges utilizó la palabra “cara” en uno solo de sus libros de cuentos. Cabe destacar la solidez de los argumentos de Horacio, quien además usó siempre el pronombre “nosotros” para identificar al autor del trabajo, en una exposición de una humildad que sé auténtica y no impostada.
Párrafo aparte necesita el destaque a los muchachos de la A.C.O., que se mandaron un bruto acontecimiento. Llenaron una sala no muy chica de gente nada menos que a escuchar una conferencia sobre literatura. Ya lo han hecho en otras ocasiones. Me parece un laburo de lo más interesante y enriquecedor. Para los que estuvimos ahí y, obviamente, para ellos mismos. Ojalá sigan haciendo estas cosas. Y otras.
Otro párrafo viene ahora a cuento de una croniqueta que publiqué en RRR, bajo el heterónimo de Rodney Da Silveira. En ella se trata de forma bien superficial y zafia lo que expresé con mis propias palabras en lo que va de este texto. Al punto de que, mendazmente, pongo que los panelistas se tomaron a golpes de puño. La simplificación estúpida y el adjetivo vano son los gobernantes de ese texto con formato informativo y ánimo entre humorístico y crítico con el periodismo de aplauso. El espíritu de juego irresponsable le ganó por varios cuerpos al amor a la verdad y a la justicia. Eso me lo hizo notar Fabián en su comentario. Mi amor por la polémica a veces es tempestuoso. Recuerdo que una vez se publicó en Iscariote un artículo mío en el que ponía, palabra por palabra, exactamente lo que yo pensaba sobre un libro local muy exitoso. Supe que eso valió un gran enojo por parte del autor, que igual vendió muchos más libros de los que yo sueño llegar a vender y lo disfrutó mucho. La diferencia de esa ocasión y de ésta era que entonces me movía una voluntad irreprimible de decir lo que pensaba, mientras que esta vez simplemente jugué de forma irresponsable.
Creo que de la crítica sincera y dicha en la cara nacen las cosas buenas que podamos construir. Por eso, valoro mucho las palabras de Fabián. Porque me provocaron el nudo infinito en la garganta que da cuando uno mete la pata y se lo enseñan desde la bondad que yo a veces olvido.

martes 18 de agosto de 2009

Luftslottet som sprängdes.

En este momento, cuando empiezo a escribir el texto, tengo ganas de orinar. Recién pasé por la puerta del baño y desestimé el vertido, a favor de algo que tiene que estar ahí mientras hablo del último libro de Stieg Larsson.
Eran como las cuatro menos veinte de la mañana cuando daba cuenta de la última de las ochocientas cincuenta y cuatro páginas que empecé a leer el fin de semana y que me tuvieron anulado durante todo el lunes. Yo había esperado a este libro. Me había comportado como la cajera de Polakoff que hace dos veranos me reservó con insistencia malsana el último Harry Potter. Yo necesitaba esnifarme a Lisbeth Salander una vez más, y a Mikael Blomkvist, y a su eterna amante y amiga Erika Berger, casada a su vez con Greger Backman, sabedor del amorío inevitable y tolerante desde su natural bisexualidad. Extrañaba a Dragan Armanskij, de Milton Security, al abogado Palmgren. Y quería leer en alguna parte que se compraban unas en el Systembolaget, ese expendio estatal y monopólico de bebidas alcohólicas que tienen los suecos. Quizá no tanto al policía judío Jan Bublanski y a su colaboradora Sonja Mondig. Nunca había desarrollado un gran afecto por la familia Vanger, que tanto influyera en el primer libro (“Los hombres que no amaban a las mujeres”) y que se mantuviera como accionista de la revista Millenium durante el segundo (“La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina”). Yo esperaba a “La reina en el palacio de las corrientes de aire” como los adictos a su sustancia. Como alguna vez esperé a aquella que me enseñaría algunos semas de la palabra “desengaño”. De ese modo la leí, sin poder quitarle los ojos de encima ni despegarme del asiento para cumplir mis obligaciones, que de pronto se volvieron más relativas y postergables.
Era verano. Gerardo, mi librero catalán de cabecera, se iba a La Pedrera y yo quedaba destacado en mi posición de La Barra, en Libros del Duende. Me tiró algunos de los piques. El olfato es el órgano por excelencia del lector. Los ojos son ilusorios. Es el husmeo el que descubre las joyas y las bombas. Demoré un tiempito en entrarle a “Los hombres que no amaban a las mujeres”, supongo que en gran parte por el volumen del libro, que se me hacía un poco abultado para el apretado organigrama en el que me encontraba preso, leyendo para un adolescente y haciendo malabarismos para que no se nos cayeran los lentes de sol que también vendíamos. Cuando lo leí me vi irremisiblemente atrapado por una trama que mezclaba dosis de hiperrealismo, personajes levemente estereotipados o muy exagerados, explicaciones muy lúcidas sobre la realidad y escenas de sexo muy naturales. Los prejuicios, los sadismos, las violencias, los ultrajes estaban reservados a las figuras de unos malos mirados con ojos de periodista de investigación. Porque esa era la profesión de Larsson, quien se había especializado en destapar neonazis y otros chanchullos en la revista Expo. Un hombre que no se había casado con su mujer para –ni más ni menos- que no lo encontraran las víctimas de sus reportajes. Fue por eso que, tras su muerte brusca a los cincuenta años después de trabajar como un demente y comer como un yanqui, los derechos de sus libros pasaron a su familia, con la que no tenía una relación fluida. La mujer quedó en pampa y la vía. Como se ve, me interesé incluso por la biografía del autor, cosa me sucede poco y nunca. Esto provocó que, en la página 251, encontrara algo que me hizo acordar a Vallejo: “El redactor jefe Håkan Morander falleció a mediodía, tres días después de que Erika Berger entrara como redactora jefe en prácticas en el SMP.” Y agrega a vuelta de página: “Sí, el corazón…” Ya en la 279, se lee “Mikael anotó en un post-it amarillo que tenía que aclarar el tema de los derechos de autor con la familia de Dag Svensson. Había averiguado que sus padres vivían en Örebro y que eran los únicos herederos.” Barrunté algo que, en comparación con lo mediano en que se suele vivir, es sobrenatural.
No voy a deschavar el contenido del libro. Sólo diré que es una mezcla de denuncia social, alegato político, novela de espías, policial y thriller informático. Tiene el instinto genial de retorcer las convenciones de los géneros para lograr uno propio. La prosa es por lo general llana. No es un lenguaje que se mire a sí mismo sino uno que ametralla a la realidad. Está claro –estoy haciendo la salvedad- que podría dejarse la realidad hecha un colador desde un lenguaje más floreado. ¿Sería una prosa poblada de imágenes efectiva para lograr el efecto gravitatorio que tiene Larsson con respecto a los planetas de la cara del lector? Quizá no. Como se ve, no son cuestionamientos los que vierto aquí sino descripciones desde la admiración que profesa el enfermo.
Dicen las crónicas que Larsson tenía proyectados como nueve libros de la serie Millenium. Publicó tres. ¿Hay manuscritos de los otros? Ojalá que los tenga la viuda, así se forra. Y que me lleguen. ¿O no llegó a escribirlos?
Me lloran los ojos de la maratón de lectura de ayer. No he podido recuperarme. Ahora tengo más ganas de mear.
Hace un rato venía por esa calle larga y oscurísima que hay antes de llegar a casa. Es una bajada que bordea una canchita de fútbol y después un mero campito. Doblaba en la esquina. Durante la larga cuadra había pensado en qué cabos sueltos podían haber quedado como para un cuarto o un quinto libro. La recordé, había sido nombrada muy de pasada. La poderosa figura simbólica del doble.
“El correo estaba firmado por Camilla Salander. Lisbeth pensó 'qué putada' para acto seguido hackear la casilla de Hotmail desde donde provenía el mensaje.”
Las líneas precedentes son el pedido formal de que se me conceda ser el amanuense del espíritu inconcluso de Stieg. Para poder leer lo que quedó sin escribir.

miércoles 12 de agosto de 2009

Revista Ricardo Reis

Se trata de una página de construcción colectiva, administrada por varias personas que no se determinan. Se apuesta a la diversidad más diversa, tanto en los tipos de texto, en los temas y en los propios autores. Se invita a que los escritores contribuyan a formar un torrente variopinto -sobre fondo gris y con Fernando siempre mirando- que se parezca mucho a esas caóticas lecturas de los bares.
Surgió de un encuentro de almas cuando despuntaba el veranillo de estos días, en la esquina de Florida y Sarandí. Es seguro que un día se terminará. Y por eso mismo arde en ansias de vivir. Revista Ricardo Reis es el nombre que estuvo en danza y que perdió con "Revista el Hongo", que en su momento marroneó en las pantallas. Vuelve por sus fueros, roncando triplemente.
Se invita a pasar y a participar.

domingo 9 de agosto de 2009

Crónica de un sábado.

Era un sábado que tenía bastante de otros sábados, sin que todos los séptimos días sean iguales. Antes de las siete de la mañana estaba levantado diseñando una página de próximo estrépito. Había tenido una conversación el día anterior con Servando y nos habíamos dejado tentar por cierta nostalgia del Hongo. La charla fue en la esquina de Florida y Sarandí, contra la linga que convierte a la semipeatonal en peatonal pura. Quedó decidido que el primero que lo hiciera decidiría algunas cosas. (Debo reconocer que mi profesión me ha deformado al punto de que me gusta proponer). Ya se sabrá de eso. La cosa es que logré un diseño que me conformó bastante temprano, bastante antes de que llegara mi cuñada a tomar su segunda clase de la lengua de Camões y de Chico Buarque. Por ahora vamos en lo básico. Verbos en presente, contracciones de preposiciones y pronombres, vocabulario de arranque. Pero ya estoy afilando los sonetos de Vinicius para tirárselos por la cabeza. Cuando terminamos, más de dos horas después, la acompañé hasta la parada del ómnibus. Antes de que ella tuviera que salir corriendo para alcanzarlo, había tenido tiempo de contarme que iba con su prometido al partido que se jugaba en el Campus: Peñarol y Newell’s. Ya unos gurises en el liceo me habían preguntado si yo iba, cosa que no descarté en virtud del tiempo largo que llevo sin ir a algún partido de fóbal. Dije entre mí: “esto va a ser un partido de mierda pero capaz que los argentinos la mueven.” El día estaba lindo. Me improvisé unos fideos multicolores con aceite de oliva que digerí más o menos. Monté el birrodado, que decidí encadenar en la terminal de ómnibus. Cuando llegué al estadio no podía creer la cantidad de gente que hacía cola para sacar entrada. Me iba a perder los primeros minutos, fija. En la cola estaba Adrián con el viejo, hinchas rabiosos de Atlético Fernandino, que está jugando las finales del interior. Unos minutos después, en las escaleras caracol cuadradas de acceso a las tribunas, éste que firma le sugería a un descerebrado de Peñarol que saltara para llegar más rápido. Soy un osado. Un tipo de esos es capaz de hacerlo, aunque justo ese era cauto y declaró “pará, mvo, espáiderman é en joli-u” (transcripción más o menos fonética). Seguro que él se dirigió a la tribuna cabecera, bastante llena de gente gritando esas cosas que ellos gritan. Yo doblé hacia la izquierda, a la tribuna principal, la Norte. Debo reconocer que me cuesta gritar y mirar el partido a la vez. Incluso, ¿qué iba a gritar?
Un tiro libre cerca del área. Pacheco atrás de la pelota. La ejecución se traslada en el tiempo. Se demora un poco más. Gol del Toni, dice uno. El pony la tira afuera, por encima del horizontal. Avanzo unos metros. Aparece el Marcelo con unos amigos. Y el mate. Recorremos la tribuna longitudinalmente para llegar al otro extremo, sobre la otra cabecera que sólo salpican de rojo unos muchachos de probable origen rosarino. Pasa Adrián con el viejo por al lado y sigue unos escalones más arriba. La intelectualidad ha copado ese sector de la tribuna. Aparece Santiago Dentone con el niño, pobrecito, con un gorro de Peñarol. Me doy vuelta para decirle algo y todo el mundo grita. ¿Existe una frustación mayor que perderse un gol en la cancha? Definitivamente, la costumbre de la televisión no nos prepara para la vida. Esta última se encarga de que un partido anodino jugado en el medio de la cancha y sin más atractivos que una pisadita de Pacheco –antes de sentarme- tuviera un gol que surgió de un amontonamiento de hombres en el área rosarina, abajo de la hinchada que gritaba. Si he de ser sincero, conversar y mirar el partido al mismo tiempo tampoco puedo hacerlo muy bien. Debe ser por eso que me acuerdo más de que uno en la vuelta dijo que llevar al niño al fútbol era una buena excusa para salir de casa. También me acuerdo que con el Marcelo hablábamos de metros cuadrados y de dólares. Que hablaban por teléfono con otro amigo que estaba por llegar, el que después contó que, en el 94, cuando el Campus estaba construyéndose, había unos lugares bárbaros para apretar con chiquilinas. Pero eso lo relató después de los hechos. En una, un fau en el medio de la cancha y se forma el racimo. Yo creo que los negros que corren los cien metros no son tan rápidos como los jugadores a la hora de ir a cacarear o, como el golero de Peñarol, de patear a uno que está en el piso. Se suman los suplentes de uno y otro bando. El disturbio dura un tiempito, tras el cual los cuadros se distinguen sobre el campo maltratado por las heladas. El grupito de rojo y negro se aparta. Se van. ¿Se van? ¡Se van! No ha terminado el primer tiempo y el partido queda decapitado. ¿Cuánto podría considerarse que aproveché de los cincuenta pesos de la entrada? Los que gritan reaccionan como saben: gritan. Algunos de ellos están en la tribuna Sur, prácticamente vacía (debe ser para que se vea azul en la tele) y corren todo su ancho para ir a tirarles piedras a los niños de rojo de la cabecera Este. Atención que se viene una verdad antropológica: mientras más evoluciona el ser humano, más utiliza las partes primitivas del cerebro, las que regulan la comida, la huida, el ataque, la reproducción (aunque no necesariamente el placer). Guarda que se viene otra: ¿qué cifra daría el censo nacional de idiotas? Creo que sería una verdad tan gritona que ningún político querría darlo a conocer, porque son su principal activo.
Pensé en calentarme, lo admito. Tuve el impulso de considerar perdidos los cincuenta pesos. Pero consideré que pagar cincuenta pesos por el poema que voy a escribir no es tan caro, si se tiene en cuenta que hay quienes han dado la vida o la cordura como abono para el arte.

jueves 30 de julio de 2009

La estética del disparate, y su ética.

Unas frutillas que se convierten en macaquitos en el fondo de una pelela, un hombre que paría árboles, un conquistador que se ve asediado por hordas de niños que crecen como cabezas de hidra, unas cucarachas que vienen del espacio exterior y ponen una heladería en el centro de Maldonado. Podríamos sumar a unos tipos que se dedican a pasear bestias, unas perras negras violadas o un juez de línea manco. La enumeración es la de los tópicos que Damián González Bertolino ha escrito, o quizá ha soñado y después ha escrito, porque se nota siempre en su ficción un trabajo furibundo del hemisferio derecho, que el izquierdo persigue a través de los años y probablemente nunca alcance. Los disparates le brotan como el pelo, pero con más arquitectura. El bolazo desmedido es para la narrativa damianesca lo que el agujero a la torta frita: el fundamento ontológico, un no ser que se roba los aplausos. Lo demás es harina. De más de cinco ceros, claro. Pero el producto de la paciente molienda literaria no existe en sus textos sin que el universo –siempre local- explote como un géiser y salpique la incomprensión de unos personajes que sólo tienen poder para no poder.
La misma sensación queda después de leer los dos relatos de “El increíble Springer”. Más que nada en la primera novela (en portugués se le llama así, en contraposición con el “romance”) uno se siente perplejo por la demesura, después de haber caído en una red de expectativas generadas por el gurí narrador. El lector se ve enfrentado a elegir cómo leer eso que está pasando. Vislumbro tres caminos: a) el lector no lector, b) el lector pasivo o c) el lector participante. El primero puede descartar el texto sin dilaciones. El segundo puede sonreír, seguir y olvidar. El lector participante busca desesperadamente unir la distancia entre lo inverosímil y lo que estadísticamente es real y decide que se ha topado con una metáfora de las grandes. Personificación para ser más específicos. Decide que el hecho pantagruélico de la historia se corresponde bastante bien con la desmesura que una sociedad ha vivido. Resuelve que esa es la forma en que muchas personas perciben los cambios a su alrededor: cosas muy grandes, inexplicables y que te bajan algún diente cuando no se juega la vida en ello. Relaciona lo leído con lo que otros habían pensado sobre “El astillero”, del aniversariante Onetti. Piensa que el segundo relato, una vez superado el escollo de la terminología golfística, presenta unas claves similares. Nota que una vez más la cuerda de la expectativa se va soltando de a poco, como si uno necesitara conocer los personajes para que el impacto que ellos sufren –que uno de ellos sufre- también sea un impacto en el lector, para que la situación absurda desnude una vez más esa cosa demente que llamamos realidad. Piensa, por último, que ha encontrado varios de los ingredientes que busca en un buen libro: conciencia, habilidad, risotadas.
Sabe, en párrafo aparte, que la ofensiva sobre las trabadas estructuras de la literatura uruguaya está sucediendo, que está siendo atacada por varios frentes, rindiéndole homenaje nada más que al oficio de contar, que si hay un buen cuento está el mundo adentro.

domingo 26 de julio de 2009

Apuntes sobre el partido del siglo

En Suecia, hace pocos días, estaba entrando el otoño en la última novela que leí de Mankell. El inspector Wallander se encargaba de resolver una sarta de asesinatos en medio de un frío creciente. Como todo lo que uno piensa termina incidiendo en la realidad –“Desea intensamente algo y se cumplirá” ha dicho Walter Fabián Coelho-, seguro que el viento venía de adentro de las páginas de “La quinta mujer”, dando la vuelta a la tierra. Recalco, pese a lo dicho, que continúa vigorosa la campaña “Mankell al Nóbel aunque sea sueco.” Es el único candidato que estoy llevando actualmente. Pero no hablemos de política, que de eso está lleno de programas. Creo que sólo falta que hagan pornografía política. Porque obscenidades ya dicen. Hablemos de fútbol y de literatura, y si se quiere de un día que arranca frío, se nota que es invierno, pero que brinda un cielo de estrellas que no sufren con el viento. Llega el Archiduque y lo comentamos junto a la puerta de vidrio de la terminal de ómnibus de Maldonado, poco antes de abordar el ómnibus de Coom con destino a la ciudad de Minas, que aparecerá de pronto haciendo alarde de la cúpula de la iglesia. Debe ser por eso. Minas es una ciudad abrupta. Tal vez sea esa la razón de que siempre, con escasas excepciones, me despertara a la mitad del viaje entre Treinta y Tres y Montevideo o viceversa. Capaz que yace en el subsuelo de la zona alguna capa de magnetismo. Eso es algo que todavía no ha entrado en la mitología popular, que suele poner en primera plana los serranitos, las yemitas, los alfajores-de-minas, las propias minas (usted elija), el Loco Abreu, Gustavo Trelles. Si nos ponemos en cultos, dependiendo de nuestras aficiones, nombraremos a Santiago Chalar y Juan José Morosoli, extintos en su carne pero muy recurridos. A mí, desde hace algún tiempo, me recuerda fuertemente al Premio Nacional de Narrativa, que lleva el nombre del antedicho escritor barraquero. Porque varios tipos próximos lo han ganado últimamente. El que iban a premiar tuvo la idea de organizar un partido de fútbol, que a su vez fue prohijada por Ediciones de la Banda Oriental, que también pagó el asado y los chorizos de camaradería. El tipo tuvo la habilidad de ampliar el premio que ya se había ganado. Esa debe ser una habilidad solidaria con la de contar historias, esa que hace que uno logre generar cosas buenas en grupos de personas. Debería dedicarse a la docencia. Aunque como organizador de espectáculos no andaría mal, si considero el campeonato que una vez organizó en la cancha artesanal de la Escuela de Silvicultura, cerca del Kennedy que lo vio leer sus primeros libros escondido en un ropero para evitar limpiar el cuarto. Bien pudieron ser estas palabras, claro está que más solemnes, las integrantes de la semblanza descerrajada por Américo Signorelli antes del match llevado a cabo en una cancha de fútbol cinco de la calle Treinta y Tres, frente a la “Carpintería Trías”, con lo que la presencia de Fernanda estuvo garantizada a través de la distancia.
Como todo lo que en Uruguay está fijado para una hora determinada, la llegada de los convocados fue sucediendo en capas, en tres para ser más específicos. Estuve, naturalmente, dentro del primer grupo, lo que me permite la descripción moral del espectáculo considerado desde la perspectiva de la cancha propiamente mentada. No podré, está claro, relatar el periplo que debe haber sido la consecución de la carne y las cocas. Tampoco podré situarme en un asiento del auto de Felipe, el cámara, mientras dos de los jugadores llegaban tarde, a la sazón Trujillo y Di Tullio, el fichaje argentino que a la postre desnivelaría las acciones. Pero sí fui testigo de lo que pudo haber sido mi gol en el partido, que fue gol y fue cobrado. Me dejaron solo frente al amigo de Cabrera y Peña, quien vestía ropas de Can Cerbero. Definí como venía proyectando: de rastrón bajito, contra el pie de apoyo como enseñan los dueños del área (siempre quise ser Romário). Ese gol, tristemente, no entrará en las crónicas oficiales, ya que fue anotado dentro del partido que resolvimos empezar a jugar –y pactamos no tuviera peso en el choque oficial- dada la demora de los que venían a cincuenta kilómetros de la capital de las sierras cuando eran las once menos diez. Sí entrará a la historia el primer gol de ellos, en jugada de contragolpe mediante la cual Leonardo Cabrera avanza más solo que la momia de Fidel por la derecha, yo intento ahogar el tiro desde mi posición de golero y él vuelca hacia el todavía sin acalambrarse dos veces Leonardo de León que define suave, con el arco bastante a disposición y pese a mi vano esfuerzo defensivo que sólo consiguió abrir una mancha roja a la altura de la rodilla, debidamente consignada por Martín Bentancor en sus notas de campo. A partir de ese momento, abandoné la portería para integrarme al fragor de la contienda, casi siempre en una actitud destructiva hacia el juego rival, aunque sin llegar a los extremos calificados como desleales por antiguos testigos de mi desempeño. “La rispidez necesaria” sería un buen título para un ensayo que vinculara la labor de zapa en el fútbol y los verdaderos guapos de la vida del cada día. El autor sería un brasilero que admirara el carácter rocoso del fútbol uruguayo. Destacaría la humildad y el sacrificio porque todos nos encargaríamos de omitir las explicaciones de Pedro Peña sobre por qué festejó su gol de taco parcamente, es decir, no diríamos que estaba en la etapa en que levantar los dos brazos le significaba una erogación dispendiosa se energía. Quizá sí le pasaríamos el dato al escritor del jugador que, en un alarde de hombría de bien, ingresó a un rectángulo de juego luego de cinco largos años y resistió el primer brusco calambre de gemelos aunque no ya el segundo, que lo sacó de la cancha –a favor de su voluntad- para que entrara el canterano Agustín, que nos hizo un gol de vaqueros. Le hablaríamos del estilo concentrado y serio de Leonardo Cabrera y de las pullas que recibiera de Valentín Trujillo, hombre este último definitorio a partir de su amistad con la ficha extranjera, el argentino Ignacio Di Tullio. Dejaríamos de lado la fea camiseta vestida por Trujillo, está claro. El hombre de la provincia de Buenos Aires mostró trazas de rococop sin que eso inhibiera la sensibilidad de su pie goleador, a la postre el máximo anotador del juego, como con cuatro dianas. La distancia en el tanteador lograda merced al juego atildado del combinado de Maldonado permitió que dicho equipo tuviera el natural afloje en las acciones, circunstancia aprovechada por el conjunto maragato para aproximar las distancias en el score, que no consiguieron igualar.
Terminado el partido, teníamos ocasión de ver nuestro juego filmado en muchos casos por vez primera. Me di lástima, aunque no por vez primera. Comimos como si en ello nos fuera la vida gracias a los buenos oficios de Gorge Gómez y Carlos González, el padre del premiado, atalaya de Liverpool y de Puritas emocionado luego en el hotel Verdún durante la dedicatoria que le reiterara su hijo frente al abigarrado público de la premiación. Ese hijo suyo transitaría por los caminos de la emoción en su declaración, pero su espíritu lúdico afloraría en un lapsus cuando en vez de decir “solemnidad” encajó “somnolencia”. Una belleza.
Después vinieron las copitas de vino, de coca, los sanguchitos, las conversaciones en islas disgregantes. Las hermosas despedidas de los que se van a volver a ver porque están construyendo. Los abrazos que se desarman para volverse a armar. Esas cosas que las palabras se esfuerzan en alcanzar. Al fin, éstas se encargan de ser –más que el texto- el pretexto para volver a lo que nunca debe dejar de existir.
Nota: se agradece especialmente la destacada gestión de Victoria a cargo de la fotografía, con un registro fiel con algunas tomas sobresalientes.