Estimados: el Chorizo se ha tomado unos días libres, por motivos que no competen a sus excelsas sensibilidades. El vacío lo hace volver, como un resorte, con nuevos bríos y antiguos personajes. Vasil el Mudancero vuelve para dotar de amor a la vida el negocio del transporte. A los legos en la materia, recomiendo que, si quieren conocer el pasado de este amigo mío, busquen en las etiquetas (situadas a la izquierda, hacia abajo) y pulsen donde dice su nombre, lo cual hará volver del pasado un puñado de historias y situaciones de mi vida en las que él participa. Ajusten los cinturones porque vamos a estar constantemente cruzando el puente de la Barra. Vamos.
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Este verano volvimos a nuestro trabajo con mi inveter
ado amigo Vasil, que durante el año se dedica al pingüe oficio de las mudanzas. Sabido es que la de Maldonado es una sociedad dinámica como pocas en este país de población estable. Sucesivas olas de personas van inundando los barrios, especialmente los que están más lejos de la playa. Motivos variados traen a la gente, dentro de los cuales podríamos reseñar la expectativa de trabajar en la construcción, la promesa de prebendas si se cambia la credencial para votar a ese candidato, la expectativa de una prostitución más segura y bien paga, y así en adelante. Esto hace que las familias –y la gente que no se agrupa de este modo- se vean insertas en una peculiar deriva de casa en casa, a merced del conocimiento de los propietarios de apartamentitos de que la demanda es mucha y la oferta poca. Un año o dos en ese apartamento cuyo precio aumenta parejo con el color verde de la pared lindera con el vecino, que precisamente es el dueño, que agregó unos veinte metros cuadrados edificados al costado de su vivienda de un plan de los años sesenta. La convivencia con el vecino no tiene por qué ser la mejor. El trabajo estable sólo en algunos casos y los órganos sexuales colocados en lugares considerados ilegítimos contribuyen a parar la olla de mi amigo Vasil el Mudancero, quien además contribuye desinteresadamente con la manutención de unas vecinas de enfrente, que se turnan para ayudarlo a desagotar su virilidad, todo en el marco de una estricta convivencia y sin que los novios respectivos, uno trabajando de camionero de una distribuidora de cerveza y otro en la contru, tengan por qué ser necesariamente enterados de la connivencia. Vasil tuvo mujer, me lo contó, y con ella dos hijos, pero un día a ella se le ocurrió que no iba a tolerar que mi amigo introdujera su humanidad “en cuanta atorranta te abre las patas” y se fue, después de haberse asegurado el concurso de otro tipo que le permitiría seguir viviendo sin trabajar y que sí la quería llevar a bailar a las noches del Centro Español, a girar al ritmo de todos en torno de la pista, pispeando quién con quién, dónde puso la mano, volviendo al viejo estatus de bailarina fatal abandonado merced a que Vasil prefería por lejos las veladas del viejo Dancing Pamelita, hoy hecho astillas, que en paz no descanse. La mujer lo jodía, dicho por él. Después de que se quitó el fardo, ya sesteó despatarrado en la cama grande, ocasionalmente acompañado por muchachas de cuerpo joven y llenas de humildad pueblerina, aunque no exentas de malicia. Pero a él no lo engañaban. Por lo que me ha contado, él no es de esos hombres que tienen una mujer. Lo que le importa es mantener los huevos livianos y el estómago lleno, así de simple.
La cosa es Vasil amplió el negocio, en vista del aumento de la llegada de cruceristas. “Si todos curran, yo también” me dijo. Yo estaba tranquilo con mi casería en lo de los Randasso Strzswiuckiuk, unos porteños cajetillas pero bien a pesar de eso. Por más datos, la cara del hombre recuerda vivamente a la de Ungenio, el de Condorito. Durante el verano vienen y el trabajo se hace un poco más pesado, pero por suerte no son de esos que anden con indicaciones y la mujer no es quejosa, creo que porque tiene un amante más joven que le calma la ansiedad. El hombre no sé, pero paga ritualmente, así que no hay nada que decir de él. Además, como yo tengo iniciativa, más que yo seguirles los caprichos son ellos los que se ven forzados a seguir mi ritmo de sugerencias, porque para cuando vienen les tengo pronto el relevamiento de restaurantes (calidad, precio y exposición pública) y un menú de lecturas, que por supuesto he realizado con la plata de ellos y de acuerdo a mis gustos. Así, para este verano los esperé con los tres libros de Stieg Larsson, todos los de Mankell (como yo no pago, compré las ediciones carísimas de Tusquets), dos de Arnaldur Indridasson y una edición conmemorativa de “Tacuruses”, ilustrada y anotada. Y no dije nada de cómo les tengo el jardín, con especies autóctonas traídas del vivero de Artigas en Treinta y Tres, un jaspe en flor es aquello. En consideración de todo eso, y de dos o tres cosas que hice saber que sé, fue que me integré al negocio de Vasil, restándole horas a mi trabajo habitual, y no sueldo, agregando un nuevo jalón a mi currículum. Porque un día me llama Vasil y me dice que haber si me interesaba laburar con turistas, que sabía que yo había vivido un tiempo en el Chuy y entendía brasilero. Es más, le dije, hice unos añitos de inglés allá en el pueblo. Sin dudarlo, me prendí como una lapa al proyecto, que ya me explicaría esa noche, que fuera a la casa que tenía unas cervezas añejaditas en hielo esperándome. Recordé con nostalgia nuestros tiempos en el camioncito CHANGAN, que tuviera su apogeo cuando la changa que hacíamos había cobrado un refinamiento digno de balneario internacional: “Mudanza integral con lavado de wáter e instalaciones literarias”. Me embarqué en la invitación sin siquiera saber qué era, ni siquiera si me tocarían de nuevo aquellos traslados de libros en bicicleta.
(continuará)
ado amigo Vasil, que durante el año se dedica al pingüe oficio de las mudanzas. Sabido es que la de Maldonado es una sociedad dinámica como pocas en este país de población estable. Sucesivas olas de personas van inundando los barrios, especialmente los que están más lejos de la playa. Motivos variados traen a la gente, dentro de los cuales podríamos reseñar la expectativa de trabajar en la construcción, la promesa de prebendas si se cambia la credencial para votar a ese candidato, la expectativa de una prostitución más segura y bien paga, y así en adelante. Esto hace que las familias –y la gente que no se agrupa de este modo- se vean insertas en una peculiar deriva de casa en casa, a merced del conocimiento de los propietarios de apartamentitos de que la demanda es mucha y la oferta poca. Un año o dos en ese apartamento cuyo precio aumenta parejo con el color verde de la pared lindera con el vecino, que precisamente es el dueño, que agregó unos veinte metros cuadrados edificados al costado de su vivienda de un plan de los años sesenta. La convivencia con el vecino no tiene por qué ser la mejor. El trabajo estable sólo en algunos casos y los órganos sexuales colocados en lugares considerados ilegítimos contribuyen a parar la olla de mi amigo Vasil el Mudancero, quien además contribuye desinteresadamente con la manutención de unas vecinas de enfrente, que se turnan para ayudarlo a desagotar su virilidad, todo en el marco de una estricta convivencia y sin que los novios respectivos, uno trabajando de camionero de una distribuidora de cerveza y otro en la contru, tengan por qué ser necesariamente enterados de la connivencia. Vasil tuvo mujer, me lo contó, y con ella dos hijos, pero un día a ella se le ocurrió que no iba a tolerar que mi amigo introdujera su humanidad “en cuanta atorranta te abre las patas” y se fue, después de haberse asegurado el concurso de otro tipo que le permitiría seguir viviendo sin trabajar y que sí la quería llevar a bailar a las noches del Centro Español, a girar al ritmo de todos en torno de la pista, pispeando quién con quién, dónde puso la mano, volviendo al viejo estatus de bailarina fatal abandonado merced a que Vasil prefería por lejos las veladas del viejo Dancing Pamelita, hoy hecho astillas, que en paz no descanse. La mujer lo jodía, dicho por él. Después de que se quitó el fardo, ya sesteó despatarrado en la cama grande, ocasionalmente acompañado por muchachas de cuerpo joven y llenas de humildad pueblerina, aunque no exentas de malicia. Pero a él no lo engañaban. Por lo que me ha contado, él no es de esos hombres que tienen una mujer. Lo que le importa es mantener los huevos livianos y el estómago lleno, así de simple.La cosa es Vasil amplió el negocio, en vista del aumento de la llegada de cruceristas. “Si todos curran, yo también” me dijo. Yo estaba tranquilo con mi casería en lo de los Randasso Strzswiuckiuk, unos porteños cajetillas pero bien a pesar de eso. Por más datos, la cara del hombre recuerda vivamente a la de Ungenio, el de Condorito. Durante el verano vienen y el trabajo se hace un poco más pesado, pero por suerte no son de esos que anden con indicaciones y la mujer no es quejosa, creo que porque tiene un amante más joven que le calma la ansiedad. El hombre no sé, pero paga ritualmente, así que no hay nada que decir de él. Además, como yo tengo iniciativa, más que yo seguirles los caprichos son ellos los que se ven forzados a seguir mi ritmo de sugerencias, porque para cuando vienen les tengo pronto el relevamiento de restaurantes (calidad, precio y exposición pública) y un menú de lecturas, que por supuesto he realizado con la plata de ellos y de acuerdo a mis gustos. Así, para este verano los esperé con los tres libros de Stieg Larsson, todos los de Mankell (como yo no pago, compré las ediciones carísimas de Tusquets), dos de Arnaldur Indridasson y una edición conmemorativa de “Tacuruses”, ilustrada y anotada. Y no dije nada de cómo les tengo el jardín, con especies autóctonas traídas del vivero de Artigas en Treinta y Tres, un jaspe en flor es aquello. En consideración de todo eso, y de dos o tres cosas que hice saber que sé, fue que me integré al negocio de Vasil, restándole horas a mi trabajo habitual, y no sueldo, agregando un nuevo jalón a mi currículum. Porque un día me llama Vasil y me dice que haber si me interesaba laburar con turistas, que sabía que yo había vivido un tiempo en el Chuy y entendía brasilero. Es más, le dije, hice unos añitos de inglés allá en el pueblo. Sin dudarlo, me prendí como una lapa al proyecto, que ya me explicaría esa noche, que fuera a la casa que tenía unas cervezas añejaditas en hielo esperándome. Recordé con nostalgia nuestros tiempos en el camioncito CHANGAN, que tuviera su apogeo cuando la changa que hacíamos había cobrado un refinamiento digno de balneario internacional: “Mudanza integral con lavado de wáter e instalaciones literarias”. Me embarqué en la invitación sin siquiera saber qué era, ni siquiera si me tocarían de nuevo aquellos traslados de libros en bicicleta.
(continuará)












