A mí correspondía guiarlo. Era joven. Quizá se tratara de que adoptara por fin el rumbo de su vida o algo así. Nunca pude hacer otra cosa que suposiciones acerca de los propósitos de las cosas que sucedían así de pronto, sin que aparentemente nadie se lo propusiera, como hojas que caen y se las lleva el agua chocando con otras hojas, trancándose con un palito, pudriéndose en su camino a ser de nuevo parte de un árbol, muy improbablemente el mismo, partículas atómicas yendo de un lado para otro en el aire del interior de una pelota. Un árbol grueso estaba ahí a modo de mojón. Elegí el camino que nos quedaba a la derecha a pesar del amague de protesta de José, que dijo que los caiapós que buscaba estaban para el otro lado. Le mostré la corteza del árbol para que se convenciera de su error. Simplemente lo sabía, igual que como un día las nubes sobre la arena llena de gente me explicaron que ya había pasado mi hora de vendedor. Me di la vuelta lejos de llegar hasta el final de esa playa, mucho antes de la hora habitual. Llegué hasta la casucha que ocupaba por un alquiler mínimo, donde todavía dormía la mujer que se había quedado a pasar la noche. Junté mi ropa escasa, vacié mi depósito de dinero y escribí en un papelito un mensaje destinado a que ella no sufriera trauma de ninguna índole. Puse: “me fui, no me esperes porque no vuelvo”. Salí caminando sigiloso porque es de mal tono despertar a una mujer que duerme desnuda boca abajo. Muchos kilómetros después, varios días más adelante, caminaba por la selva con un indio que se hacía llamar José y se dejaba llevar como yo mismo me había dejado arrastrar antes. Mientras caminábamos, una parte de mí tenía certeza del rumbo. La otra, en cambio, razonaba acerca del hecho de que era movido por una fuerza que no comprendía aunque obedeciera, agregado a que no conocía ni por mentas el nombre o las características de mi destino. Así me había llevado Jacques a mí. Dónde estaría Jacques. Nunca más lo había visto desde el tiroteo. El apremio por escapar primero y por cuidar a Neusa y al niño después habían ocupado todo el lugar de mis ojos. Y Walter, ese se había desviado también con nosotros. Era bastante probable que se lo hubiera llevado alguna bala. Mucho tiempo después, en algún momento de soledad mirando el cielo surcado de humedades de Río, me preguntaba si habrían podido escapar como yo, si había algún tipo de justicia en eso, si nos encontraríamos todos en algún momento o si éramos granos azarosos de un puñado de arena escurriéndose por la mano de un turista borracho. Jugaba con la arena con horror, suponiendo cuántas guerras mundiales se caían entre mis dedos.
Sentí la humedad de la respiración de ella. Y los labios que se pegaban en los míos, en lo que de su parte era un beso y del mío indecisión. No es que haya pensado en mantenerme fiel a Tatiane. No pensaba en eso. Pensaba en las ganas de coger que había acumulado sin darme cuenta, calculaba las consecuencias de ponérsela a una mujer a la que sin quererlo le salvé la vida, cree en las iglesias y me considera un héroe por expulsar al traidor a su fe. Al mismo tiempo, estaba el tema del modo en que haría lo que estaba decidiendo.
Mi actitud hacia la erección podía disponerse en una línea del tiempo. Lo pensaba con el mate entre las dos manos, mirando crecer las lechugas. Desde mi adolescencia curiosa primero y frenética después. Mi primera juventud proactiva y fracasada en sus intentos de ponerla a como diera lugar, que desembocara en mi primera novia, en mi primera y tardía vez con aquella mujer que después dejara en una plaza de Florianópolis, con infinitamente menos trámites de los que hiciera para acercarme a ella. El esplendor entre vegetal y animal con Tatiane. Después, una costumbre más del cuerpo, como esas regularidades que cualquiera adopta para ir al baño o peinarse, o llamar a los familiares distantes los fines de semana. Ahora, cuando me la pedían, no sabía si aparecería. Había dejado de interesarme el simulacro de distribución de esperma que practica o desea todo hombre occidental. Y la modelo no era particularmente motivadora para esos menesteres, no obstante sintiera que era algo que tenía que hacer. Era mi hora de ser la piedra, de ir por los aires sin poner objeciones, de ser inanimado en mi deber.
Empezó a apretar el hambre. Paramos. Unos panes con fiambre. Dos o tres frutas. Había poca comida, como en toda expedición que se precie de tal. José pecaba de imprevisión, yo sabía que iba a conseguir comida cuando la precisara.
-¿Tenés novia?
-Algo así. –dijo, con cara de amorcito.
Le miré la cara oscilando entre la conmiseración y el conocimiento de que es así, que qué se le va a hacer sino aceptarlo. Viéndolo tuve en mis ojos imágenes que normalmente habría considerado el futuro. Sabía que había pasado tiempo para él. Ya habíamos atravesado los restos de selva quemada, llegábamos tarde. Nos encontraban, estaban armados, había tiros. Cualquiera le llamaría frialdad pero era nada más que comprensión de cómo funciona el mundo. Si no, cómo puede uno convivir con un futuro vívido y representar un papel en el presente.
-¿Cómo se llama?
Sentí la humedad de la respiración de ella. Y los labios que se pegaban en los míos, en lo que de su parte era un beso y del mío indecisión. No es que haya pensado en mantenerme fiel a Tatiane. No pensaba en eso. Pensaba en las ganas de coger que había acumulado sin darme cuenta, calculaba las consecuencias de ponérsela a una mujer a la que sin quererlo le salvé la vida, cree en las iglesias y me considera un héroe por expulsar al traidor a su fe. Al mismo tiempo, estaba el tema del modo en que haría lo que estaba decidiendo.
Mi actitud hacia la erección podía disponerse en una línea del tiempo. Lo pensaba con el mate entre las dos manos, mirando crecer las lechugas. Desde mi adolescencia curiosa primero y frenética después. Mi primera juventud proactiva y fracasada en sus intentos de ponerla a como diera lugar, que desembocara en mi primera novia, en mi primera y tardía vez con aquella mujer que después dejara en una plaza de Florianópolis, con infinitamente menos trámites de los que hiciera para acercarme a ella. El esplendor entre vegetal y animal con Tatiane. Después, una costumbre más del cuerpo, como esas regularidades que cualquiera adopta para ir al baño o peinarse, o llamar a los familiares distantes los fines de semana. Ahora, cuando me la pedían, no sabía si aparecería. Había dejado de interesarme el simulacro de distribución de esperma que practica o desea todo hombre occidental. Y la modelo no era particularmente motivadora para esos menesteres, no obstante sintiera que era algo que tenía que hacer. Era mi hora de ser la piedra, de ir por los aires sin poner objeciones, de ser inanimado en mi deber.
Empezó a apretar el hambre. Paramos. Unos panes con fiambre. Dos o tres frutas. Había poca comida, como en toda expedición que se precie de tal. José pecaba de imprevisión, yo sabía que iba a conseguir comida cuando la precisara.
-¿Tenés novia?
-Algo así. –dijo, con cara de amorcito.
Le miré la cara oscilando entre la conmiseración y el conocimiento de que es así, que qué se le va a hacer sino aceptarlo. Viéndolo tuve en mis ojos imágenes que normalmente habría considerado el futuro. Sabía que había pasado tiempo para él. Ya habíamos atravesado los restos de selva quemada, llegábamos tarde. Nos encontraban, estaban armados, había tiros. Cualquiera le llamaría frialdad pero era nada más que comprensión de cómo funciona el mundo. Si no, cómo puede uno convivir con un futuro vívido y representar un papel en el presente.
-¿Cómo se llama?







