lunes 23 de noviembre de 2009

La enfermera (parte 28)


A mí correspondía guiarlo. Era joven. Quizá se tratara de que adoptara por fin el rumbo de su vida o algo así. Nunca pude hacer otra cosa que suposiciones acerca de los propósitos de las cosas que sucedían así de pronto, sin que aparentemente nadie se lo propusiera, como hojas que caen y se las lleva el agua chocando con otras hojas, trancándose con un palito, pudriéndose en su camino a ser de nuevo parte de un árbol, muy improbablemente el mismo, partículas atómicas yendo de un lado para otro en el aire del interior de una pelota. Un árbol grueso estaba ahí a modo de mojón. Elegí el camino que nos quedaba a la derecha a pesar del amague de protesta de José, que dijo que los caiapós que buscaba estaban para el otro lado. Le mostré la corteza del árbol para que se convenciera de su error. Simplemente lo sabía, igual que como un día las nubes sobre la arena llena de gente me explicaron que ya había pasado mi hora de vendedor. Me di la vuelta lejos de llegar hasta el final de esa playa, mucho antes de la hora habitual. Llegué hasta la casucha que ocupaba por un alquiler mínimo, donde todavía dormía la mujer que se había quedado a pasar la noche. Junté mi ropa escasa, vacié mi depósito de dinero y escribí en un papelito un mensaje destinado a que ella no sufriera trauma de ninguna índole. Puse: “me fui, no me esperes porque no vuelvo”. Salí caminando sigiloso porque es de mal tono despertar a una mujer que duerme desnuda boca abajo. Muchos kilómetros después, varios días más adelante, caminaba por la selva con un indio que se hacía llamar José y se dejaba llevar como yo mismo me había dejado arrastrar antes. Mientras caminábamos, una parte de mí tenía certeza del rumbo. La otra, en cambio, razonaba acerca del hecho de que era movido por una fuerza que no comprendía aunque obedeciera, agregado a que no conocía ni por mentas el nombre o las características de mi destino. Así me había llevado Jacques a mí. Dónde estaría Jacques. Nunca más lo había visto desde el tiroteo. El apremio por escapar primero y por cuidar a Neusa y al niño después habían ocupado todo el lugar de mis ojos. Y Walter, ese se había desviado también con nosotros. Era bastante probable que se lo hubiera llevado alguna bala. Mucho tiempo después, en algún momento de soledad mirando el cielo surcado de humedades de Río, me preguntaba si habrían podido escapar como yo, si había algún tipo de justicia en eso, si nos encontraríamos todos en algún momento o si éramos granos azarosos de un puñado de arena escurriéndose por la mano de un turista borracho. Jugaba con la arena con horror, suponiendo cuántas guerras mundiales se caían entre mis dedos.

Sentí la humedad de la respiración de ella. Y los labios que se pegaban en los míos, en lo que de su parte era un beso y del mío indecisión. No es que haya pensado en mantenerme fiel a Tatiane. No pensaba en eso. Pensaba en las ganas de coger que había acumulado sin darme cuenta, calculaba las consecuencias de ponérsela a una mujer a la que sin quererlo le salvé la vida, cree en las iglesias y me considera un héroe por expulsar al traidor a su fe. Al mismo tiempo, estaba el tema del modo en que haría lo que estaba decidiendo.

Mi actitud hacia la erección podía disponerse en una línea del tiempo. Lo pensaba con el mate entre las dos manos, mirando crecer las lechugas. Desde mi adolescencia curiosa primero y frenética después. Mi primera juventud proactiva y fracasada en sus intentos de ponerla a como diera lugar, que desembocara en mi primera novia, en mi primera y tardía vez con aquella mujer que después dejara en una plaza de Florianópolis, con infinitamente menos trámites de los que hiciera para acercarme a ella. El esplendor entre vegetal y animal con Tatiane. Después, una costumbre más del cuerpo, como esas regularidades que cualquiera adopta para ir al baño o peinarse, o llamar a los familiares distantes los fines de semana. Ahora, cuando me la pedían, no sabía si aparecería. Había dejado de interesarme el simulacro de distribución de esperma que practica o desea todo hombre occidental. Y la modelo no era particularmente motivadora para esos menesteres, no obstante sintiera que era algo que tenía que hacer. Era mi hora de ser la piedra, de ir por los aires sin poner objeciones, de ser inanimado en mi deber.

Empezó a apretar el hambre. Paramos. Unos panes con fiambre. Dos o tres frutas. Había poca comida, como en toda expedición que se precie de tal. José pecaba de imprevisión, yo sabía que iba a conseguir comida cuando la precisara.
-¿Tenés novia?
-Algo así. –dijo, con cara de amorcito.
Le miré la cara oscilando entre la conmiseración y el conocimiento de que es así, que qué se le va a hacer sino aceptarlo. Viéndolo tuve en mis ojos imágenes que normalmente habría considerado el futuro. Sabía que había pasado tiempo para él. Ya habíamos atravesado los restos de selva quemada, llegábamos tarde. Nos encontraban, estaban armados, había tiros. Cualquiera le llamaría frialdad pero era nada más que comprensión de cómo funciona el mundo. Si no, cómo puede uno convivir con un futuro vívido y representar un papel en el presente.
-¿Cómo se llama?

sábado 21 de noviembre de 2009

La enfermera (parte 27)

De idílico, nada. Por televisión, se ven las especies vegetales, los monos únicos, el agua que inunda y que baja, los únicos delfines de agua dulce, la tribu que preserva una lengua que nadie entiende. Al llegar, están los mosquitos y el olor a nafta de la lancha que viene con una pérdida que deja su rastro en el río. Está el puesto de venta de artesanías donde atiende un indio que está sacando un cigarro del paquete de Galaxy. Habla en un portugués oral que sabe de la gramática de los negocios. Cuando le pregunto por cierto grupo de caiapós al que me habían dicho que tenía conocer, pega un grito. El nombre que dice me resulta incomprensible y tras él viene un indio joven, con una camiseta del Flamengo y bermudas floreadas. Dice que él me va a llevar y que pague por adelantado. Iban mermando mis ahorros conseguidos en las playas de Río durante los últimos años, en los que había estado en una especie de letargo vital a la espera de que llegara la señal de partir hacia el norte. Vendí de todo. Supe decir que era mi hermano que hacía los morteros para cachaça de los que me valí por dos temporadas, hasta aburrirme. Recurrí a la estrategia de decirme integrante de un grupo de rescate de las tradiciones indígenas para vender collares y caravanas hechos con semillas de acacia. Lo más pesado por lejos fue la venta de hamacas. Generalmente los paraibanos bajaban ellos mismos con su carga al hombro, apilados en camiones. Cada uno vendía su porción y después volvía a buscar más allá al nordeste. Eran raros los que traían más de lo que podían vender ellos mismos, los que tenían espíritu empresario. Esos conseguían vendedores autóctonos u otros paraibanos que se hubieran quedado varados. Fue por eso que tuve a cargo cincuenta coloridas redes caladas durante un verano. Y luego, como las vendiera todas, cincuenta más. Se me había despertado el espíritu capitalista. Precisaba juntar plata para seguir al norte. Era difícil que me lo creyeran, pero aun así hablé como nordestino todo ese tiempo. Tenía que divertirme y la diferencia entre mi aspecto y el acento que adoptaba abría los ojos asombrados de muchos. De hecho, eso me valió la atracción de algunas muchachas con ideas antropológicas, que querían expiar en carne propia el pecado de su prejuicio hacia los nordestinos, con el atenuante de que no lo hacían con un caboclo. Ponían cara de comprensión y se entregaban sintiéndose parte del mito de la bella y la bestia, a resguardo del peligro de unos rasgos mestizos inciertos gracias a la fisonomía inequívocamente blanca que me caracterizaba. Solían ser cogidas de una noche sola, generalmente en un ámbito arenoso. Sólo con una tuve varios encuentros. Era paulista, estaba bastante buena y me pidió el correo para mantenernos en contacto, tras lo cual recibí dos o tres bobadas previsibles que se extinguieron a medida que se incorporó a su ritmo habitual. No la extrañé. No sufrí por ninguna, no me apegué, no quise más de lo que se me daba. Hacía sexo de un modo alimenticio. Lo escribí en el cuaderno: “Tatiane querida: ¿Llegaremos a decirnos algo cuando nos encontremos o directamente nos trenzaremos como dos bichos en celo? Ya hace mucho que no toco tu cuerpo. Voy a enloquecerme si no cojo. Voy a ser libre como me enseñaste. Y te voy a buscar hasta el fin del mundo.” La noche misma en que escribí eso soñé con ella y amanecí pegoteado.

-¿Por qué desapareció el pastor Marcos?
La mirada inquisitiva de Neusa tenía un cariz matrimonial. Era eso lo que me incomodaba, no decir la verdad acerca de la huida despavorida del hijo de puta monte afuera, después de que lo diera vuelta. Lo había tomado del pescuezo de modo que casi se lo abro con las uñas. Lo había dado de boca contra el suelo y le había instalado la rodilla en las cervicales, para después darlo vuelta y reinstalar mi articulación sobre sus testículos apretados de miedo y al aire. Después venía la parte del discurso con el oyente tomado por la nuez de Adán de ojos desorbitados, que a su vez antecedía a los tropezones que formaban su carrera.
-Pero no le cuentes a nadie, no vale la pena.
Se le llenaron los ojos de lágrimas y me abrazó. Dijo que estaba orgullosa de mí, que se arrepentía de haber pensado que yo tenía la culpa, que era un héroe. No dejaba de abrazarme. Me miraba muy cerca de los ojos. El contacto con su cuerpo me endureció y lo notó.

Volvía a los caminos de la selva. La diferencia era que el indio, que para mi comodidad se hacía llamar José, me hacía sentir como uno de esos turistas europeos. Me decía lugares comunes mientras avanzaba con una lentitud que seguramente se debía a la evaluación que hacía de mí. Me hacía gracia al principio. Me aburrió después de un rato.
-¿Estás lastimado o no podés caminar más rápido?
Quedó con la boca abierta al escucharme hablar en su lengua.
-Entonces vos…
-Sí, eso mismo, yo te llevo.
Seguimos ahora con los roles invertidos y él mucho más cómodo, como si hubiera dejado de ser perseguido por un felino invisible.

El orgullo no era de madre, era de mujer. Hizo el silencio característico del momento previo de algo. Enfocó los ojos negros en mí. La respiración se acompasó con los labios entreabiertos. La mano derecha se estabilizó en el tramo inferior de mi espalda.

viernes 13 de noviembre de 2009

La enfermera (parte 26)


No llego a imaginar el miedo que alcanza a tener el que lo inflige. Pasar del intento de alcanzar el placer sobre una criatura que exhala terror en cada gesto a verse tomado del cuello por algo que te viene de los árboles oscuros debe ser todo un cambio. Percibir bruscamente la pérdida de toda defensa o autoridad, sentir que el mundo gira velozmente y la propia verga violadora te fustiga por detrás de la manera más animal. El gesto automático del pastor fue soltar a la niña, que acumuló terror sobre terror y aprovechó a salir corriendo como si hubiera visto lo que efectivamente vio y oyó. Mi grito desgarró la noche. Muchos dijeron después que se habían despertado con un alarido indescriptible, del cual intentaron dar cuenta después por medio de rescatar antiguas leyendas caídas en el desuso y reprimidas por el pastor que desapareciera de modo tan súbito como inexplicable de la noche a la mañana, sin que hubiera forma terrestre o de cualquier otro tipo que le habilitara un viaje. Nadie vio auto alguno llegar por el sinuoso camino que llevaba hasta el pueblo. Había gente despierta que sí había sentido el grito pero no había percibido movimiento en el pueblo. Ninguno de los que estaban en la vigilia ni tampoco los que no pudieron dormirse después. Sólo una persona pudo ligar mi llegada tarde con la ausencia del vicario de dios.

Quién iba a imaginarse semejante cosa, dicha de ese modo, por esa persona, en ese lugar. No hay experiencias en el mundo que te preparen para no ser sorprendido en algún momento. Cuando dijo “lo único que esperaba hacía años era que vinieras y me cogieras por última vez”, fui testigo de la fractura del tiempo, de la relatividad vivida en alma propia, de cómo una voz puede llegar a ser casi irreconocible a fuerza del roce del barril que la contiene, de cómo quizá sólo se preserve un matiz escondido bajo pliegues y que sea esa la nota que te mete la piña en la quijada.

Hubo quienes, asustados, se dirigieron a la casa del pastor en busca de consuelo espiritual frente a un posible signo del fin del mundo o cosa parecida. El escándalo en el pueblo tuvo su declaración formal ahí, en lo del religioso, cuando los sucesivos asustados fueron constatando la desaparición del hombre, que no aparecía aunque pasaran los minutos. La Biblia estaba sobre una mesa. En la pileta quedaba un plato sin lavar y la heladera daba muestras de la afición a la cerveza del padre. Fue cuando una mujer muy devota y muy burra propuso buscar pistas del paso del diablo que encontraron las fotos de las niñas, leídas por la mujer, cuyos hijos se llamaban Josué y Sansão, como señas inequívocas de una visita del rey del azufre. Ella tenía el pelo pulcramente ceñido al cráneo y recogido en una cola de caballo de carro que le surgía de la base de la nuca. Las niñas de las fotos estaban mayormente desnudas. La mujer supo que se trataba de una intervención del maligno, por lo cual se persignó. Otros que estaban ahí se olieron algo más humano.
Por unos días, no se habló de otra cosa. Todo el mundo fue cuidadosamente interrogado por todo el mundo, especialmente por las mujeres, con militancia por parte de la mujer bíblica de las polleras negras. Quedó al aire libre, expuesta y explícita, la red de control social del pueblo, que se veía liberada de la araña de ropa negra de la religión. Se tejían conjeturas, desde las más timoratas hasta las más realistas, dividas básicamente entre quienes creían que el diablo había metido la cola o los que pasaban a argumentar que el pastor era “o capeta” y que quizá no metiera el rabo sino otra cosa. Por mi parte, sentí el alivio de no tener que estar sentado en la iglesia perdiendo el tiempo. Neusa sentía la falta, según ella la falta de dios. Yo no quería contradecirla, no consideraba respetuoso decirle nada. Después de todo, sólo le había salvado la vida.
Pero ella sabía que mi llegada ese día había sido más tardía. Había intentado ya varias conductas de esposa. Me esperaba con comida, cosa que yo agradecía porque después de todo era yo quien traía la plata. Hablaba de cosas que había que comprar para la casa, a veces interminablemente. Empecé a preocuparme cuando noté que empezaba a decir verbos en plural, aún sin animarse al pronombre, que sería el último mojón. Se había liberado del paroxismo de la violencia y, gracias a eso mismo, se había sacado de encima limpiamente a un marido borracho y machista en el peor sentido. Ella seguía el libreto y reclamaba hombre. Allí estaba yo como proveedor y la trataba bien. Se notaba que quería cogerme para satisfacer su deseo cultural. Dos días después del escándalo de la desaparición del pastor, actuó como esposa.

La voz de ella. Me recordaba a algo que no recordaba. No contesté nada. La miré a los ojos, antes de que los bajara para secar un vaso con un trapo. Ya estaba todo dicho. Ahora había que pensar en los hechos.

viernes 6 de noviembre de 2009

Carlota Podrida, de Gustavo Espinosa


“(Nota del autor para los traductores: Señores, no conozco sus caras ni sus nombres, ni sé en qué tiempo emprenderán su tarea. Pero ahora estoy seguro de que ustedes existen, están esperando estos papeles en algún rincón del futuro. Noten, entonces, que la expresión “todo el mundo” (galicismo e hipérbole lexicalizada según me enseñaron en los cursos de idioma español) en este caso se aproxima bastante a la literalidad. Significa, y es un mérito que me cuesta creer propio, más que “mucha gente” o “en muchos lugares”, o “en todo Treinta y Tres”, o “en muchas partes del Uruguay”).
Estos vértigos deben ser inevitables cuando se han logrado las traslaciones desastrosas que yo me propuse: transformar el signo en realidad, hacer que el espectáculo de la virtualidad desrealizada emane los aromas agrios de la carne, alambicar la transpiración y el moco de lo que era información pura, resolver una mera irradiación platónica, un fluido de ilusión, una alucinación eléctrica, un tejido cansado y adrenalina triste. Y esa desprogramación súbita que he consumado comienza por reconvertir los símbolos en un organismo que se eriza y, acaso, menstrúa.”
Fragmento de la página 98 de “Carlota podrida”, de Gustavo Espinosa, Casa Editorial Hum

En la carpa de la Feria del Libro de Maldonado, el editor quería, con énfasis, vender el libro de un portugués llamado José Luís Peixoto. Según él, en Portugal regalan la novela en los velorios. También describió el tipo de literatura, aparentemente en boga por estos días, consistente en narrar la propia vida del escritor o algo así. Lo de los velorios me pareció interesante, curioso. Lo de revelar el propio transcurso vital me da una impresión de escasez y dudo de la proyección de una obra así, pero todavía no lo leí al portugués, que capaz que es bárbaro, hasta parece que se coló en unos cuantos mercados y todo. Mi argumento de oro para no elegir el libro es el tema de la traducción ya que, a falta de criterios sólidos a la hora de seleccionar lecturas, me baso en el capricho, el prejuicio, el afecto. El capricho prejuicioso me dicta no leer traducciones del portugués (salvo Saramago, a quien ya no leo porque me aburrió). El afecto hizo que no dudara un instante en hacerme de “Carlota podrida”, escrito por Gustavo Espinosa, un olimareño que nunca fue mi profesor de literatura, si se exceptúa la vez que concurrí a su taller literario (justo el día en que se cerraba) y una clase que dio invitado por Ricardo Tejera, que sí era mi profesor, ese que me demostró que se podía cantar dando clase y que no me dejó hablar de “Los hermanos Karamazov” después de que me pasara tres días ininterrumpidos leyendo el mamotreto, que había disfrutado mucho. El caso es que me provocó una alegría ver publicado ahí a Espinosa, metido entre algunos de los prohombres de la literatura uruguaya actual. Recordaba además la brutal experiencia de las moscas que negrearon en medio de “China es un frasco de fetos”, su anterior novela, premiada por la revista Posdata y que compré en la extinta Librería Olimar, mi primera librería. Se trataba aquél de un libro rarísimo, de grueso calibre surrealista y ambientado en un futuro devastado que, de todos modos, daba cuenta mediante el ridículo de algunas taras de nuestra sociedad. Recuerdo que, para acentuar el efecto de extrañamiento, lo leí al mismo tiempo que “Shanghai baby”, por lo cual hice un texto para Iscariote donde mezclaba las reseñas de ambas novelas, tan diferentes y chinas.
Carlota es diferente y es igual. Se diferencia en que muestra unos personajes realistas en un Treinta y Tres parecido al que uno se encuentra más o menos incambiado cada vez que se baja en la plaza, con todo y árboles, barrios y apellidos de siempre, los mismos que aparecen año tras año en las listas del liceo, en los nacimientos que publica la revista del cable. Pero también en eso es igual, porque también están las calles y veredas anchas de siempre ahí, porque el desquicio aterriza como un meteorito de mierda sobre el pueblo. Para quien no conozca la “capital olimareña”, podrá hacerse una buena idea de sus dinámicas a través de la escenografía que pinta Espinosa, desde el periodista Amílcar Recuero (que tanto recuerda a una de las voces notorias de la radio local) hasta los paraísos que pueblan las calles del centro y el contraste entre éste y los barrios más alejados. (No son paraísos artificiales, son árboles).
El mundo llega a Treinta y Tres a través de la visita de beneficencia que recibirá de la actriz europea Charlotte Rampling, la misma que el narrador oteara febrilmente en una extinta sala de cine local, tal vez inspirada en una que nunca conocí más que por cuentos, donde hoy es la agencia de Núñez Transporte y Turismo. La ocasión es anunciada con antelación, la cual abona la planificación febril del personaje, quien normalmente se desempeña como músico en una orquesta de cumbias, en las que a veces se copa haciendo algún solo desproporcionado en tributo a sus ídolos nada tropicales. Es un secuestro. La narración está dividida en dos partes, que se intercalan, una de las cuales es el relato de los hechos, tendiendo a cierta sobriedad, y la otra el monólogo del personaje, en cuya cabeza se repasa el pasado, se enumera hasta el hartazgo sin obviar el caos y alcanzando la imposibilidad de la traducción dada la mescolanza de regionalismo y cultismo. El desgraciado del escritor previó eso ya que, pocas páginas después de que a mí se me ocurriera la genial idea de pensar cómo se las vería un traductor con tal exceso, al narrador va y se le ocurre hacerle alguna puntualización al eventual profesional de la traición. Mala gente: rezuma consciencia.
Se podría dividir el tiempo en a) pasado adolescentoide previo a no irse a Montevideo, b) presente decadente, que a su vez se parte en 1) antes de la llegada, 2) durante el arribo, con transmisión y todo, 3) durante el esperado nudo de la narración y 4) después de él, ya viviendo muy cerca de la Biblioteca Policial. Éste va transcurriendo, de forma no lineal, a través de las dos narraciones solidarias ya nombradas, en las que vamos conociendo de a poco a los personajes: “la loca Marisa”, “el Perejil”, “el Pijero”, que son los que más recuerdo. La primera por puta de culo chato y grisáceo, el segundo por recordarme a un personaje de la vida real muy parecido y el último por tallar vergas de madera y porque trajo cola: Gerardo, que estaba leyendo el libro siguiéndome algunas páginas atrás, me mandó un mensaje de texto que decía “no tallo más”, en el que se refería al símil que vio entre sus muñequitos cilíndricos y piezas de ajedrez con los falos del itinerante personaje olimareño.
El lector se ve forzado a intentar dar un eje conceptual a la cosa. Yo vi este: el ideal etéreo de un primer mundo mamado desde el tercero viene a darse de cabeza, envejecido, contra el barro y la bosta del confín de la periferia detallada. Hay dos puentes viejos: la imaginación y el lenguaje. Esto no debería ser una novedad tratándose de literatura, pero quizá sí lo es si se le agrega un gentilicio al sustantivo que está antes de la última coma. Debe advertirse que, en unas épocas en que el coginche y la prostitución gozan de prestigioso estado mediático, el que no es apto para todo público es el lenguaje de esta novela.

miércoles 4 de noviembre de 2009

Mis últimos no premiados.


Una vez más, casi como una costumbre fisiológica, mandé cuentos al concurso de Ancel (T cuento Q). Esta vez muchos menos, con menos ganas, sabiendo que he perdido el oficio de los espacios reducidos. Aquí están, con retoques y omitiendo uno pésimo, mi más reciente obra no premiada, esta vez de una calidad indudable, por lo mala.

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Tan rápido como se alejaba de la cárcel, se acercaba a ella.

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Se enamoró de ella cuando supo que no tenía celular. No vaciló en pedirle su número de celular.

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Tuvo todo a disposición. Buscó la nada.

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-Si te morís, me muero –le dijo el cáncer al tipo.

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-Gracias, Eva. –dijo Newton.

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Dios quiso morir. Sólo consiguió ser tergiversado.

viernes 30 de octubre de 2009

La enfermera (parte 25)


Desde que la mujer me lo dijo, voy al bar con una actitud distinta. Siento algo que se podría nombrar como responsabilidad, cosa que jamás se me habría ocurrido relacionar con una barra, unas mesas que ven a Gardel todavía, un baño al fondo, unas telarañas de techo que denotan el ocaso del vigor femenino, porque en un antro de puros machos se dirían hasta necesarios los negros colgajos del cielorraso. Se ve que todos negamos la naturaleza de distintas maneras. Los hombres ignoramos otros aspectos, en las mujeres suele ser claro el rechazo a los artrópodos y los insectos. Aunque, a raíz de las palabras que dijo, de su forma, de su apostura coherente del momento, podría suponer sin demasiadas dificultades una coexistencia armónica, un diálogo mudo entre ella y las arañas, que por otra parte no debían significar molestias para los parroquianos y las escasas hembras del lugar, no demasiado destacables, ninguna que estuviera ni muy buena ni demasiado gastada, tampoco alcohólicas. No era público de borracheras ni pendencias. Tampoco parecía haber una particular predisposición al levante, por más que seguramente algunos cuerpos se sacudieran. Capaz que no, pero me imagino a una veterana que usa botas abajo del vaquero recibiendo los vergazos traseros de un tipo callado que siempre saluda muy formal. Los veo como dos máquinas que funcionan un poco rígidas, que todavía conservan la producción de jugos que hay que compartir. Con toda probabilidad, su función en la vida es activar mi fabulación por un rato, nada más.
No quise contradecir su pensamiento de que éramos una pareja con su hijo. Habría tenido que explicar cosas para las cuales nadie está preparado. De acuerdo con la tónica machista de la región, no tardaron en ofrecerme un trabajo en una plantación de mandioca cercana. Era una nueva muestra de generosidad que me ponía a sudar en unos campos de mandioca a unos kilómetros. La hospitalidad fue completa. Nos dieron una casita que era de un primo que había muerto hacía unos meses. Dijeron, dijo el marido de la mujer, que pagáramos cuando yo cobrara mi sueldo. Ofrecieron comida y apoyo. Fuimos invitados a la iglesia evangélica, a la cual empezamos a asistir con regularidad, de modo fervoroso de parte de Neusa y resignado de mi parte. Podría hasta el día de hoy reiterar los cantitos machacones al tiempo que recuerdo la gentileza puesta en mal lugar del pastor, que de algún modo percibió mi falta de compromiso para con el culto, en un lugar donde señoreaba el reino del jesús fabricado en la Zona Franca de Manaus. De hecho, llegó a encararme esgrimiendo reproches caritativos e inquiriendo veladamente acerca de mi fe, a lo cual respondí con la mayor y más callada de las contriciones de que fui capaz, actitud que repetí la segunda vez, cuando se puso insistente, el día en que decidí dar por terminado el asunto. Y se terminó. Fue la misma noche que, en el campo, uno de los hombres llevó una botellita de tiquira especial, hecha con las mejores mandiocas del país, traída de Maranhão especialmente por un primo de él que emigrara años atrás. Era azul y fuerte como un cielo de verano. Nunca fui bebedor de destilados, pero me dejé entonar un poco por ese producto de la tierra. Los más viejos empezaron a hablar de la leyenda de cómo se había descubierto la bebida a partir de la mandioca, cuando los indios descubrían la embriaguez de los pájaros al comer los frutos. El veterano que hablaba parecía entusiasmarse y acaparar la atención de los otros, que declinaban su palabra mansos a favor de la Josías, que así se llamaba el caboclo de cigarrito escaso abajo del bigote a tono. Siguió hacia atrás. Con las pausas de rigor, las respiraciones y las pitadas, contó la leyenda de la propia mandioca. Una mujer quedaba preñada sin que se le conociera hombre, lo cual despertaba la furia escrutadora de su padre, frente a lo cual la joven se mantenía firme en la tesis de su virgo intacto. Esto se le confirmaba al padre en un sueño donde aparecía un hombre blanco que avalaba los dichos de ella. ¿Habrían tenido los indios contacto ya con los primeros europeos o era otro Viracocha premonitorio? Lo cierto es que nació el niño, tan blanco como precozmente locuaz y rápidamente muerto al año de vida sin que mostrara signos de enfermedad. Fue enterrado y regado de acuerdo al rito, tras lo cual nació la planta, que habría recibido el nombre del niño, llamado Mani, a lo cual se le acrecentaba “oca”, que significa casa. La historia era mía. Sacudió mi vida, que arriesgaba a convertirse en la de un bruto que trabaja para mantener una familia que no es suya y que concurre a un culto que no le importa.
Se dispersó la reunión. Formamos una estrella con los caminos que tomamos. Proveníamos de diversos pueblitos que circundaban la plantación. Yo volvía solo, a unas horas de la noche que no acostumbraba, por lo cual caminaba de memoria, disfrutando los cantos de los pájaros de la noche, todavía en un semitrance que se rompió cuando escuché los lloriqueos y los ruegos de una niña. Venían de un árbol de tronco grande. A mí me quedaban de frente. El tipo había tomado la precaución de dejar el pueblo atrás del árbol y se sentía impune. Conocía a la niña, poco, pero sabía quién era. Y también tenía plena conciencia de quién era el abusador.
Me acerqué sigiloso como una onça, midiendo los pasos. Caí sobre el cuello del pastor.

domingo 18 de octubre de 2009

La enfermera (parte 24)

Le dije que no íbamos a quedarnos ahí en medio del monte, que nos dirigiríamos al pueblo que estaba cerca. Estaba asustada, pero no le quedaba otra opción que seguirme, entendiera o no. Otra vez caminaba entre árboles desconocidos, ahora con la sensación de ya haberlo hecho, no sólo por las anteriores excursiones sino porque me veía a mí mismo con una mujer y un niño desde arriba, me sobrevolaba desde el pasado. Recordaba a Iguaju hablándome, no, no me acordaba de él, estaba con él, Tatiane estaba ahí, también estaba Jacques, la oca, estaba por vomitarlo todo de nuevo, sabía que lo olvidaría todo y que también por momentos volvería la percepción de la ruta sin tiempo. Daba los pasos confiados del que ha ensayado la coreografía, evitaba sin dudarlo los lugares escabrosos, sin mayores trámites hallaba un trillo que con certeza llevaba hasta el pueblo por el mejor lugar. Era tan fácil que me daba tiempo para pensar cosas como que, si era así de fácil acertar la senda, por qué habíamos ido a dar con nuestros huesos al preciso lugar donde habría una balacera. Lo supe. Era la condición necesaria y eficiente para que saberlo en ese momento fuera posible, todos los pasos llevaban hasta las pisadas de ese momento, todos los pies del mundo caminan para seguir caminando. Neusa traía al niño en brazos. Yo venía mirando el suelo. Sentí que tenía que verle la cara, por eso fue que me di vuelta sin hacerlo. Miraba como Jano, para adelante y para atrás. Ella lloraba. Con mirar solamente no iba a hacer nada. Las lágrimas sonaban en silencio. Paré de caminar. “Alto” dije. La abracé y le di un beso en la frente. “Podés creerme que vas por el camino que tenés que ir” creo haber dicho. Puso una cara de extrañeza e incomprensión que me hizo preguntarme qué idioma habría hablado. La visión extrema tenía una confusa desventaja que se estaba haciendo evidente y era usar cualquier lengua. Dudaba de haber hablado en portugués, en guaraní o en alguna lengua muerta. Me faltaba algo todavía, un detalle que conocía de venida pero no de ida, un perfeccionamiento que sabía estaba más al norte en el tiempo. Una vez más, no sabía cómo volver a la sintonía “normal”. Miré a Tatiane y le pregunté qué tenía que hacer. Dijo “prestá atención”, para en seguida mostrarme un gesto lento que formaba un dibujo espiralado, como una llave suave. “Hacéselo en medio de los ojos”, agregó. Imité el movimiento sobre el entrecejo de Neusa. Una vibración llenó mi palma gradualmente antes de que ella relajara las facciones, dejara la congoja y sonriera.
-¿Me entendés ahora?
Mostró cara de “no”. De nuevo interrogué. Tatiane repitió el gesto que había indicado antes, nada más que ahora lo hacía sobre sus ojos. Decía que tenía que aplicármelo a mí mismo. Se despidió agitando la mano como las hojas de la seringueira con un viento razonable. Me senté al pie del árbol bajo la mirada atenta de Neusa, que esperaba como si supiera. Hice el gesto. En mi vista se fue desvaneciendo la cara de Tatiane. Sentí una caricia. La brisa me refrescaba el sudor que venía arrancándome el calor.
-¿Ahora?
-¿Ahora qué?
-Ta[1], me estás entendiendo. –dije sin que ella comprendiera el significado de mis palabras.
-No sé de qué me hablás, pero tengo hambre.
-El pueblo está ahí nomás.
Me hizo dar cuenta de que no era inmune al hambre. Hicieron falta entre cinco y diez minutos. Vimos las casas. Eran pocas, como si los habitantes hubieran quedado ahí perdidos a medio camino de algo. Las calles eran parte de tierra y el resto de unos adoquines inseguros. A pesar de eso, prevalecía cierta prolijidad tranquila. Empecé a saludar gente como si toda mi vida hubiera sido allí. Respondían amables, tal vez un poco desconcertados. Busqué la casa de la mujer de los niños. Estaba a la vuelta de la iglesia evangélica. No tenía puerta. Sólo había una cortina cuya función posiblemente fuera dar sombra y restar moscas. Golpeé las manos.

[1] N. del A.: En portugués es frecuente el uso de “tá” como adverbio afirmativo, de manera bastante análoga al uso que se hace en el español de Uruguay. Paulo dijo: “então tá, tu tá me entendendo”

sábado 17 de octubre de 2009

Dos libros a partir de la Feria del Libro de Maldonado

“Porrovideo”, de Jorge Alfonso, publicado por Hum Casa Editorial
El día en que llegué a vichar la feria del libro en la Plaza San Fernando, la semana pasada, saludé y quedé haciendo de retén en un puesto. Sin BPS. Cuando conseguí soltarme del yugo, avancé por la carpa blanca y larga que contenía las mesas de venta de libros hasta dar con Servando Valero, funcionario de una librería, fotógrafo, amigo y coeditor de RRR. Nos saludamos, comentamos sobre el libro de Alfonso Larrea –que todavía no he leído-, intercambiamos comentarios sobre la realidad y de repente hablamos de RRR. Lo interesante de la cuestión es que me señaló el puesto que estaba justo frente al suyo. Era el de Hum, una editorial de Montevideo que hace unos libros con una tapa muy linda y distintiva. Eso no es todo, claro, ya que los tipos parece que andan publicando cosas buenas. Aquí es donde digo mi ignorancia: no había leído ni uno de sus libros. Servando me dijo que estaban precisando alguien que laburara el puesto. Me quedé con ganas, pero ese fin de semana iba a Montevideo a ver por primera vez en unos seis años a un amigo con el que venimos manteniendo el mismo diálogo desde el 97. La cosa es que apareció Martín Fernández, hombre de Hum, con quien nos pusimos a conversar. Me identifiqué como antiguo empleado de Iscariote. Le manifesté todo lo que yo no sabía. Habló de sus libros editados. Tuve alguna alegría de la que hablaré después. Me negué a leer el libro del portugués Peixoto traducido al español. Soy cerrado en eso. Pero creo en las cagadas rojas como en el verso octosílabo. La diarrea de un pájaro impactó en mi cabeza despoblada, en la campera de lana del editor, en la tapa de Porrovideo. Abatió mi renuencia, por lo cual me llevé el tomito, que se me terminó revelando como muy entretenido. En los cuentos casi siempre hay animales, porros, amigos, alcohol y otras cosas. Casi siempre también el personaje se ve enfrentado a ambientes amenazantes o deprimentes, o a la estupidez, la desidia propia y ajena, etcétera. La prosa corre con mucha fluidez, sin que el narrador evite ninguna palabra sino más bien que las use con una naturalidad coloquial. Varios de los cuentos provocan un franco efecto. Se lee con una sonrisa siempre, con soltura, sin que se pierda de vista una mirada inteligente. El porro, no habrá novedades aquí, es el humo conductor en la ética y la estética. Es interesante además como fotografía de un colectivo numeroso de nuestra sociedad. La interrogante que me queda es: ¿cómo hace o hará Alfonso para escribir otra cosa? ¿Necesita variar? Ojo que igual leo otro.

“Un lugar lejano”, de Fernando Butazzoni, publicado por Planeta
Fue así. Mi librero catalán siempre esgrime libros cuando me ve. Supone que me interesa la literatura uruguaya y a veces tiene razón. El tipo fue mi patrón, además de que puedo anotarlo como amigo. Tenemos unas conversaciones de lo más interesantes. Es uno de esos locos que, me parece que un poco como yo, primero tiran bombas de excremento para probar los reflejos y las ataduras morales del interlocutor, esquivadas o resueltas las cuales se entabla una conversación inteligente y creativa. Como librero, es atípico. Insiste en prestarme libros, frente a lo cual me hago el digno y digo que no. Eso sucedió con “Un lugar lejano”, tomo en el que se basa una película homónima, por más datos. Le había gustado un detalle de la narración. Me lo quiso dar, me negué. Pero la cosa no quedó ahí porque una semana o dos después me lanza a bocajarro: “¿Cómo te ves para hablar de un libro en la plaza?” Se refería a la presentación que haría Butazzoni de la novela por él firmada, auspiciada por la Libros del Duende. Le contesté que mi vergüenza estaba perdida hacía tiempo, que si leía el libro no veía escollos en hablar de él. Consiguió prestármelo al fin. Lo leí rápido. Es breve. Un fotógrafo se va a morir de cáncer. Sueña o sabe una toma que necesita hacer. Para ello debe desplazarse a la ignota Manchuria, en la Patagonia helada. El lenguaje se adapta como guante al vacío del paisaje y el vaciamiento del personaje. La camioneta se le da vuelta e ingresa en lo que la trama luego poblará de dudas. ¿Quién era ella? ¿Qué era? Esa es el elemento virtuoso del argumento que Gerardo me decía. Nos generó toda una discusión posterior a la lectura. Ambos quedamos con preguntas, en los dos casos con respuestas distintas debidas a nuestros deseos. Quedó tan motivado con algún aspecto desconocido de la novela, que un día me llamó de noche para desplegar por medio de nuestros celulares un catálogo de narraciones ambientadas en la Patagonia. Buscaba similitudes, ponderaba el poder de un espacio vacío como territorio para la literatura. En definitiva, se trata de un libro que propicia las preguntas, que genera espacios blancos. Butazzoni no concurrió a la Feria del Libro de Maldonado.

viernes 16 de octubre de 2009

La enfermera (parte 23)


Lo difícil de la responsabilidad es la obligación de caminar para siempre inmediatamente después de haber aprendido que podías volar. Lo complicado de actuar naturalmente es aceptar el vaivén de la vida. En un momento estás por morir, al siguiente cumplís el sueño de todos los hombres y, sin mediar un agua va, te encontrás transformado en un animal de carga que no ha elegido ese propósito. La mujer se despierta y mira para todos lados. Descubre que la parrilla de su cama ya no hace de ella una brasa apavorada. Abre los ojos como hongos después de la lluvia, así le blanquean en la cara humífera. El niño. Lo ve y lo abraza en un acto de tropismo vegetal. Después de asegurarse de que el crío respira sanamente, sólo después de eso, recién ahí me mira con una mezcla de expresiones tan ajena a las definiciones como arcaica y comprensible.

Hago una quinta en el fondo de la casa. Acá en el pueblo todas las casas tienen algo de señorío hueco. El continente excede siempre al contenido. Los habitantes, casi sin excepción, somos algo así como unos pocos granos de arroz dentro de un mate hueco y musical que podría sacudirse pero está plantado entre las piedras, pudriéndose. Por eso es que ocupo sólo una escasa pieza de la casa. La que tiene el baño en suite. Se entra por un pasillo que abre posibilidades. Si se sigue derecho, se da a la cocina amplísima, que a su vez se comunica con el fondo por medio de una puerta, junto a la cual está la del baño número uno. Si, en cambio, se dobla a la izquierda por la arcada, hay un estar con estufa comunicado por medio de otro pasillo con los cuartos. La pintura muestra sucesivas capas verdes, rosadas, celestes. Cuando llegué, renuncié a pintar todo, al menos al principio, lo que equivalía a no hacerlo nunca. Me dije que la inversión sería desproporcionada y me concentré en el circuito que tenía previsto habitar, por lo que quedaron dos de los cuartos dejados a la acción del tiempo. Cal y a otra cosa. Con que haya un mínimo de higiene basta. Con la quinta ya es otra historia. Buena parte de mi energía se pone ahí, para que vuelva hecha hojas y raíces. Son parte de mi alimento, además de moneda de cambio para conseguir otras cosas. No tengo un trabajo, tal como se lo concibe en occidente. Sé que no es posible que me falte nada de lo que preciso. Sólo espero una cosa.

Se limitó a mirarme azorada. Le pregunté cómo estaba. Atinó a decir “bien”, pero más que nada como comprobando su sistema.
-¿Dónde estamos? ¿Quién sos? –fueron las preguntas que escupió.
-Soy Paulo, entré abajo de tu cama en el tiroteo…
-¿Pero cómo…
-La verdad es que salimos volando.
-No me tomes por tonta, decime dónde estamos, quiero volver a casa, ¿dónde está mi marido?
-Hubo un tiroteo, supongo que te acordás.
-Sí, todo por drogas, sabíamos que cualquier día venían y pasaba cualquier cosa pero, ¿qué hago aquí?
-Bueno, yo estaba en la lanchonete con unos amigos cuando apareció la camioneta. Me escapé para adentro y me tiré. Ahí estabas vos con él. De repente aparecieron con las ametralladoras. No me preguntes cómo pero salí volando por entre las caras de los tipos. Volé sobre São Paulo. Seguí volando hasta bajar acá. Seguro que no me creés nada de lo que digo, pero quiero que me creas que voy a tratar de que todo vaya bien, no te quiero hacer daño, no sé quién es tu marido, vamos a buscarlo.
Conseguí tranquilizarla. Se puso a llorar. La abracé para darle seguridad. Después de un rato se despertó el niño, que se llamaba Jonatas. Inevitablemente preguntó por el padre. La madre, Neusa, le dijo que pronto se encontrarían. La situación me transmitió angustia. Preví llantos. Quizá por eso desde ese momento sentí que debía asumir responsabilidad por esas vidas transplantadas. Supe unos días después que el marido había sido abatido, unos instantes antes de conocer que eso constituía un motivo de alivio para Neusa.

Bailé en la tierra como había aprendido a hacerlo con la música que ella tiene. Tuve que hacerlo a otro ritmo. No tenía nada que ver con mi edad sino con la melodía del suelo. Canté otras canciones después de comprobar que las de allá del norte tenían formas distintas a las de los terrones de las sierras. Gracias a eso he obtenido frutos que me mantienen vivo por una razón, que tiene bastante que ver con lo que me dijo la mujer.
-Todavía no me he muerto por una sola razón.

viernes 9 de octubre de 2009

La enfermera (parte 22)

Debí enfrentar un problema inesperado. Había escapado, había surcado una distancia enorme sin más que un poco de cansancio. Estaba ahí parado, con la sensación de que mi cuerpo era insignificante para lo que venía. De qué pueden servir las alas para presentarse como un viajero, de qué vale la sutileza para relacionarse con la gente. En todo caso, el silencio es el que puede ser útil, o por lo menos una actitud que deje lugar a que las personas crean que todo es más o menos como creen que debe ser. Entrar volando sólo podía dar lugar a la escena de los niños. La gente no toma en serio a las aves escapatorias. Tenía que cambiar sin saber cómo. Me inquietó la posibilidad de quedarme así para siempre, de llegar hasta la ventana de Tatiane y verla desnuda, y tener el recuerdo rapidísimo de la belleza, olvidarla para escapar de un gato, o morir arado por las garras del carnívoro, ser rápido y preciso para buscar la comida, tener por un siempre bastante corto los latidos rapidísimos. Si quedaba así, debería dejar de considerar al aire como un prodigio para verlo como un hábitat. El cambio no había sido fruto de la razón. El impulso me lanzó hacia arriba. Pensaba rapidísimo. Pero pensaba, que siempre es más pausado que el acto puro. Las pulsaciones bajaban de a poco en el suelo, bajaban al suelo. Me venía un sueño invasor. Y yo ahí abajo a merced de los gatos. Igual, tampoco iba a estar muy a salvo en las ramas si me dormía. Los párpados pesaban. El control sobre mis actos venía de un lugar que de chico no me habían enseñado a usar. No podía hacer más. Que fuera lo que fuera.

Acá en Aiguá tengo mucho tiempo para pensar. Las rutinas del pueblo ya son como el clima para mí. He recorrido el pueblo varias veces, de más de una forma. Si pudiera acreditar que he aprendido algo, eso sería que hay que apreciarlo todo como si fuera una obra de arte. A veces, el fragor del momento no lo permite, esa es la única razón de la existencia del tiempo. El pueblo es una talla interesante. Una maqueta tamaño familiar de una ciudad, con las calles bien anchas diseñadas por alguien que vivió en un futuro hasta ahora improbado. Previeron un desarrollo que no existió. Después hubo un intendente pródigo que adornó su cuna merced a las contribuciones de los argentinos. Un paseo hermoso con personajes lentos puestos en un teatro para espectadores pacientes. Como yo. Lo recorrí de mañana, cuando se levantan los laburantes un rato antes de que la helada se alce del nivel del suelo. Disfruté pisando los pastos quebradizos del frío de julio. Lo peiné con sistema, montado en el pedazo de bicicleta que llevaba años de desuso. Siguiendo un mapa, hice las paralelas primero y después las transversales. Soy capaz de prever con un escaso margen de error la cantidad de personas que bajan del ómnibus los martes, menos que los viernes. He hecho los recorridos al azar, doblando por capricho en noches de luna nueva como a las tres de la mañana, cuando casi todos están dormidos. Tuve la tentación de fisgonear como lo hacía el personaje del único cuento que me gustó de un autor que en general no recuerdo. Algunas veces lo hice un poco. La gente debe tenerme por el loco que pasea. Soy amable y educado. Mi ropa ha tenido que ser más o menos la de ellos por fuerza de meses y meses, más que nada en invierno ya que de allá no traje abrigo ninguno. He tenido la suerte de no generar resistencias u oposiciones. Si bien me observan como es lógico que suceda y del mismo modo que yo lo hago con ellos, me aceptan con naturalidad. No tienen un espíritu hosco. Conjeturo que deben haber tenido una historia bastante calma, imagino también que las calles anchas contribuyen a que el aire circule en las almas de la gente. Conozco un pueblo donde las dos cosas son a la inversa y es territorio fértil para los que buscan pelea. De a poco, la confianza va brotando. Lo hace como los ombúes, lento y firme. No tengo apuro. Me van contando historias, sobre todo en el bar, adonde de tanto en tanto voy a tomarme alguna. Son tiempos en los que se necesita equilibrio, así que no se puede ser fundamentalista. Meditar está bien pero hay que relajarse. Me llama la atención la forma en que me mira la dueña, que anda por encima de los noventa y despacha con eficiencia. La respetan como a un monumento verdadero. Debe saber muchas cosas que calla.

El sonido de los pájaros. No entiendo sus voces. Los latidos van más lentos, son una calma. Los gatos, no me puedo quedar aquí. La descarga de adrenalina me sienta. Una mujer está acostada en postura fetal, envolviendo a su vez a un niño que también está arrolladito. La mujer tiene cara de recién nacida. Supongo que eso me hace su madre o algo análogo. Pienso en que tengo que encontrar algo para decirles cuando se despierten. ¿Se habrán dado cuenta de algo? Respiro por mi nariz. Me palpo el cuerpo. Estoy un poco entumecido. Me desperezo como un gato.

Lo pienso mucho antes de escribirlo. Todo aquello a lo que uno da una forma definitiva se convierte en pieza de un puzle. Hago borradores antes de escribir el diario. El cuaderno es otro, no es el que me dio Tatiane en la BR116, que dejé de ver el día del tiroteo. Conseguí otro a la primera ocasión. Le hice un forro con una imagen de Ganesh. Recuerdo que fui a escribir y me dije que tenía que hacerlo con cuidado. Empecé con lo de los borradores, donde iba sacando cosas superfluas hasta que lo que quedaba escrito ahí era parco y cada vez más difícil de interpretar por cualquiera que no fuera ella o yo.
El otro día fui a tomar una cerveza al bar. Estaban los de siempre, uno más, uno menos. Sonaba la misma música tan intemporal como vieja. Sabina. Paco Ibáñez. A la mujer, que tiene ese nombre tan raro, le gustan los españoles se ve. Tiene los ojos descoloridos como el póster del quinquenio de Peñarol que acumula décadas. La diferencia era que parecía haber más luces prendidas que de costumbre. Raro, pensé, las lámparas eran las mismas. Las telarañas las hacían inconfundibles. Capaz que eso guardaba alguna razón con el hecho de que ella me llamara y me dijera algo a lo que busco forma para anotarlo en el cuaderno.

miércoles 7 de octubre de 2009

Patadas de chancho


Estoy desesperado. La campaña electoral carece de propuestas. Es por esa razón ineludible que, cual defensa desesperado que sale de la cueva a empujar al rival, salgo al ruedo. Además, sucede que encontré en un recoveco de mis archivos una colección de microcuentos provenientes de un tiempo anterior, en el que yo también escuchaba el discurso múltiple de los políticos. La publicación ya empezó. Tómese esta inaspirina una vez por día y verá que puede.

lunes 5 de octubre de 2009

La enfermera (21)

Celeste, gris, tejas, verde del campo, negro, blanco, caboclo, mestizo, alemán, japonés, indio, claro, dark, arcoiris, explosión, nada. Rojo, el color de nuestro interior es rojo. Nos haría bien tener la piel transparente, o ser albinos. El rosado de esas pieles es la mayor muestra física de sinceridad de la especie a la que solemos estar convencidos de que pertenecemos sin posibilidad de salida. Hermeto y Sivuca, habría que ser como ellos, pensaba en pleno vuelo. ¿Por qué me venía a acordar justo de esa tarde allá en el árbol? Mirábamos videos. Siempre alguien había bajado alguno. Al verlo no le di demasiada trascendencia al encuentro de los dos músicos albinos que venían del Nordeste. Se los veía reírse como niños, o sea, como adultos desnudos de los tintes borrosos que todos aprendemos a usar. Contaban que habían sido amigos desde el mismo momento en que se vieron. Se deben haber visto los interiores. Podía estarlo recordando porque, en esos momentos, yo era un ser múltiple de ojos adentro y afuera. Estaba en un momento contradictorio, porque cargaba con el peso de dos personas mientras era más liviano que nunca.
“Imagino que a eso te referías cuando me decías de esa sensación de las mujeres. La diferencia es que pesan más cuando están embarazadas. Capaz que nunca sabré por qué. De repente era una característica de los pájaros o quizá eran ellos, pero lo cierto es que era como tener un duelo de percusionistas adentro. ¿Te acordás de la vez que vimos a Naná Vasconcelos y a Ramiro Mussotto?”
Mi decisión nació de lo práctico y lo necesario. Tenía que irme. Mi camino continuaba hacia el norte, sin que tuviera siquiera necesidad de preguntarme por qué. Me iba a marchar. Sabía racionalmente que, en gran parte, les había hecho un favor sacándolos de abajo de esa cama. El marido había muerto en el tiroteo. Días después, consiguió llamar por teléfono y cortó llorando. La abracé para darle consuelo. El niño también lloraba, sin saber por qué. Estábamos bastante lejos de lo que era su casa, en distancia y en hojas. Nunca se había movido de São Paulo, por lo cual encontrarse en pleno mato con esa gente desconocida le aumentaba la ansiedad. Jamás supo cómo había llegado hasta ese lugar. Simplemente se despertó en una aldea. El crío todavía dormía. “Estás bien”, le dije en tono afirmativo. “Todo va a salir bien, no te preocupes.” Experimentaba la seguridad del que acaba de ser arrastrado con éxito por el viento, del que se deja llevar por un instinto migratorio que sabe imprescindible. De la misma forma que me alejé de São Paulo, puse el rumbo hacia algún lugar que terminó siendo una floresta subtropical, en la que se veía que habitaba gente. Paseé primero entre las casas, que vi pacíficas. Llegué a meterme en una, donde una mujer estaba con dos niños y ollas. Los gurises me persiguieron, querían agarrarme como es natural. Me gustó el lugar por lo que dijo la mujer.
-Ábranle la ventana, déjenlo.
-Pero mamá…
-¿Te gustaría que te agarrara un niño enorme, como de veinte metros de alto, sólo porque le erraste al camino?
No me había equivocado. Supe que era un lugar que me permitía abrigar esperanzas, por más que no tuviera la más remota idea de por qué me sentía optimista, ni cuáles serían nuestras posibilidades. Pude haber salido por el mismo lugar por donde había entrado, pero elegí hacerlo por la ventana que abrió uno de los niños. Salí hacia el bosque cerrado.
Busqué un claro. Vigilé convenientemente la zona por si había depredadores. Después de asegurarme, me paré abajo de un árbol.

viernes 2 de octubre de 2009

Vou pro Rio

Hoje eu ia escrever, como faço todas as sextas-feiras, o meu romance por capítulos. Mas tive que ir cobrar o meu salário, o que virou uma viagem, já que só consegui fazê-lo no terceiro caixa. No primeiro, tinha uma multidão. No segundo, estava até o prefeito Óscar Joe de los Santos na fila. Até pensei em pedir para ele que arrumem o nome da minha rua e da rua da esquina (os bestas botaram "Francisco Spínola" e "Emilio Frugone"). Já imaginou um cara querendo ser escritor num bairro que tem escritores nos nomes das ruas, mas errados? Mas não falei nada pro Óscar. Eu fui até o supermercado aquele grandão, onde enfim pude pegar a minha grana e, como prêmio especial, me encontrar com a minha segunda aluna, a Hellen, que já fez 21 anos e fez um curso de aeromoça. "Espero te encontrar num avião" foi o que falei para ela quando nos despedimos. E agora mais do que nunca quero que aconteça isso, porque o Rio de Janeiro foi eleito para sediar as Olimpíadas de 2016. Coisa que me fez sentir uma alegria imensa que, admito, me fez chorar.

sábado 26 de septiembre de 2009

La enfermera (parte 20)

La mujer no llega a llorar, de tanto esfuerzo que hace para silenciar al niño, que por el tamaño tendrá unos dos años. Se le ven los ojos. Los dientes están apretados, guardados adentro de la boca que quiere que todo se cierre. La toco en el brazo para intentar transmitirle una calma que no tengo. Se hace un silencio.
“No es que no lo haya hecho pensando en vos. Yo sé que no te importaría. Lo que pasa es que pensé en alguien más que en mí. Para que entiendas, si pasaba algo, iba a generar lazos que no me interesaban. Lo que yo tenía que hacer era darles la posibilidad de que arreglaran su vida lo mejor posible. Yo no era el hombre para ella. La mujer necesitaba alguien estable al lado. Estaba seguro de que si la tocaba se lo iba a tomar como en serio. No me vengas con eso. No sé cómo decir que lo sabía, pero era claro. Se le notaba en la cara la necesidad de un contrato monogámico.”
El silencio se rompe de pronto con dos golpes de metralla. Lo supe como si me hubieran baleado a mí. Los destinatarios seguramente no deben haber tenido tiempo para sentir el dolor que les remitían las armas. Pero a mí me laceró la certeza de que me acababan de arrancar el cuero. La primera vez, había dependido de mí exclusivamente. O aparentemente. El segundo cuero lo dejé en colaboración con Tatiane. En el momento, me pareció que era lo que tenía que ser, cosa que empecé a cuestionarme cuando cada tanto me atacaban unas ganas locas de rebobinar la película y quedar hecho un fotograma congelado. Al tercero lo veía arrancado de mí, muerto de facto después de que muchas balas hicieran su viaje rápido al mismo tiempo. Mi reacción fue abrazar fuerte a la mujer y al niño. Sentí los corazones acelerados. Seguí el ritmo –los ritmos- para enfocarme en algo que me hiciera actuar con coherencia. Quité el miedo del medio. Sólo sentía el repiquetear de los tres corazones. Ajurupeuá, Airumã, Iguaju. Nuestros nombres volvían rítmicos en lo que ahora era un berimbau y unos tambores y gente cantando. El humo de los inciensos, del petá aromático. La voz de Iguaju que habla como quien comenta un hecho banal e intrascendente. De pronto la parrilla de la cama fue el cielorraso redondo de la oca. Tatiane estaba ahí, me miraba de frente, decía que sí con la cabeza y los ojos me mostraban la salida como cielos donde volaba un pájaro. Tuve una sensación extraña en los brazos, en el cuerpo. La parrilla se me hizo jaula. Vino una necesidad de escapar, de volar. Sentí las botas que venían de la habitación lindera, o de cualquier lado cercano. Simplemente, me moví hacia adelante en el preciso instante en que me daba cuenta de que nos habían descubierto.
“Verte ahí me reafirma en el camino. Sentí que no estaremos separados, pase lo que pase. Es como si estuviéramos atados por un pegamento resistente a la distancia. Parece una de esas canciones bobas, pero es eso. Además, vos y yo sabemos que lo que para otros serían metáforas para nosotros son acrobacias. De a poco, a medida que voy perdiendo capas, me voy haciendo más liviano. A veces dudo si no me disolveré en el aire.”
Pude ver las caras de los tipos. Los ojos grandes del que está matando gente, sin discriminar a nadie, y de pronto se le esfuma la víctima segura. Los asesinos siempre están rodeados de estatuitas, de velas, de santos exigentes. Eso es porque se sienten vacíos, más vulnerables cuanto más poderoso sea el armamento que ponen por delante. Vi pasar las balas. Van en grupitos un poco desparejos. Se ve que no impactan todas al mismo tiempo, por lo que cada ráfaga de heridas es una sucesión de golpes inevitables. Las vi darse contra la pared después de pasar por el espacio que antes ocupábamos. Sentí todos los tintineos asesinos que hacían los mecanismos de las kalashnikovas escupiendo. Las caras las vi después de salir de abajo de la cama. Supe que tenía que actuar rápido, por lo que me zambullí entre las dos cabezas. Eran dos, actuaban a cara descubierta. Tenían caras de asalariados. Los rocé con las puntas de los dedos. Dedos es lo que yo todavía creía que eran. Pero tenían una fuerza distinta, más liviana y más rápida, que me permitió zigzaguear por un pasillo, ver una ventana y lanzarme hacia arriba. Subir por encima de ese barrio, calcular cuál sería el norte, dejarme aupar por una corriente cálida, sentirme en todo momento en el aire y dentro de la oca. El cielo de São Paulo es bastante feo, lo que hay abajo es peor, exceptuando quizá el mar de tejados uniformes, con el mismo rojo de barro.

domingo 20 de septiembre de 2009

La enfermera (parte 19)

Belmondo, que hacía sus propias escenas de dobles y se ganó alguna que otra fractura. Las peleas a puño limpio de Terence Hill y Bud Spencer, que se ponían espalda con espalda contra todo lo que se moviera. Capaz que Clint Eastwood con su eterna cara sin lentes de sol y la seguidilla de películas donde la tierra siempre volaba y caía gente muerta de los techos. Todas podían tener rayitas más o menos persistentes en la cinta. Las de Belmondo estaban en una pared que estaba entrando por la puerta a mano izquierda, un rincón que iba hasta una altura que me excedía. Charles Bronson, cuyas películas podían dividirse en unas doce partes después de que al personaje de bigotitos le mataran la hija. Las partes eran las muertes sucesivas de los involucrados en el crimen, que caían (o volaban) de modos diversos y creativos. Era una buena forma de llenar un relato. Un tipo tenía que cumplir una misión y la historia se terminaba cuando se le daba cabal cumplimiento. Se sabía para dónde se iba. A la segunda muerte uno se acomodaba para esperar de qué modo vendrían las otras. Extrañamente, mi gusto por la violencia en el cine quedó subdesarrollada. Cuando ya los personajes precisaron superpoderes y tecnología, me aturdieron porque una cosa son las balas y otra la guarangada. Me parece que precisaba la sensación de que a los tipos los podían matar a ellos también. Debo haber estado por algún tipo de realismo a la italiana. A veces me da por pensar esas cosas acá en el pueblo, como cuando me siento en el escalón de la puerta de casa a tomar mate. Veo de lejos que llega el ómnibus a la agencia. Viene de Treinta y Tres. Se convierte en un organismo vivo que carga y descarga gente por unos minutos, para después volver a circular por la ruta sin que nadie lo oiga por más de unos segundos, si es que justo está ahí para prestarle atención. A la mayor parte de los que bajan los conozco. No hay cómo no hacerlo. Pero cada tanto baja alguien que nunca vi antes. Y, de estos, alguno obliga a seguirlo con los ojos con la sensación de que hay una rajadura en el tiempo quieto. Algo sacude el alma del observador, que probablemente nunca compruebe la pertinencia de su inquietud. Para esperar que algo de eso pase hay que estar muy al pedo. Hay que tener el espíritu de las viejas que espían atrás de las celosías. Se precisa un vacío muy grande para desear el miedo. Se necesita una acumulación de carencia de juventud, o el ojo del que ya vio y espera que todo termine por repetirse. Porque el que no conoció de cerca el tufo húmedo del criminal, no lo reconoce después en la confusión de olores. Nadie que no lo haya vivido puede saber la conexión directa que existe entre la ropa sudada de alguien y la voluntad única de escapar a como dé lugar que monopoliza la mente y el cuerpo del amenazado. Más todavía cuando uno no se lo ha buscado.
“Necesitaré calma para escribirlo, para escribírtelo. Me doy cuenta de que eso es lo que necesito. Tengo que contártelo. ¿Te llega esto que escribo como si estuviéramos cerca? ¿Dónde estás? ¿Cómo estás? Cuando esté más tranquilo intentaré escribir lo que pasó, más claro, para que entiendas y no te pongas nerviosa.”
En el momento hay dos posibilidades: la inconsciencia o la lucidez absoluta. Cuando pasa el tiempo, el olvido tiene el arma del cansancio y el recuerdo es volcánico. Hay una extrañeza cuando se recuerda haber actuado de cierta forma, cuando uno no se sabía capaz de hacerlo. Todo se define en muy poco tiempo. Antes de que me dé la hamburguesa tengo una mirada lateral que percibe algo. Intuyo la relación con la camioneta que viene parando y la miro. Trae la velocidad agresiva del que algunas cosas le importan un carajo. Seguro que el que la maneja es un hombre cargado de testosterona. La frenada es brusca. Frente a la lanchonete. Las puertas se abren, salen unos de negro con armas. Me tiro al piso. Grito. “Al piso”. Ruido ensordecedor intercambiado. Miro desde abajo. Veo piernas corriendo de botas negras. Veo la hamburguesa que voló a la mierda cuando salté. Vaga noción de Jacques y de Walter. La cosa es entre la camioneta y un lugar situado casa por medio de la lanchonete. Veo luz desde atrás. Una puerta se abrió. Da a un patio. Pienso en ir hasta allí para escaparme pero la idea me la saca un negro sin camisa que aparece atrás de sus ojos desencajados. Se parapeta atrás del mostrador, donde debe estar la muchacha. Miro a mis costados. Walter y Jacques me miran. Vuelve la idea de agarrar por la puerta de atrás cuando me doy cuenta de que el negro tomó el lugar como trinchera. Dudo. Me decido. Arranco a arrastrarme. Les digo que me sigan. Un pasillo de un metro. Gano la puerta del lado de atrás. El calor me cae arriba, se me mete por todo el cuerpo. Alguien corre por arriba de los techos. No es seguro. Hay salida. Una puerta de lata abierta que da a otra casa. Los tiros no paran. Ahora sé que el negro está tirando de atrás del mostrador. Se siente un chillido de mujer. Debe ser la de la lanchonete. Nos metemos por la puerta esa. Algo hierve en una olla. No hay rastros de la mujer que debió haber ahí. Se oyen gritos de hombres, puteadas. Me meto a un cuarto. Hay una cama matrimonial. Me tiro abajo y ahí está la mujer que debió haber estado atrás de la olla, abrazando a un niño muy chiquito.

sábado 12 de septiembre de 2009

La enfermera (18, ese número que me persigue)

“Walter se juntó a nosotros. ¿Será uno de nosotros? ¿Yo soy uno de nosotros? ¿Qué es ser uno de nosotros?”
Ahora nuestro reciente amigo renunciaba a las explicaciones y se nos unía.
-Vo, ¿y qué vas a hacer con el camión? –le pregunté.
-Nada, no es mío. Cuando se den cuenta de que no vuelvo van a averiguar y ahí mandan uno para que lo busque.
-Che, ¿y tu… -empezó a inquirir Jacques, que se frenó.
-Si ibas a preguntar por mi novia, no sé, en este momento la verdad es que ni pienso. De última, tiene otro tipo, siempre dijo que había quedado en el pasado pero yo sé que no. Me iba a casar más que nada por mi vieja.
-Es bravo ser camionero…
-Y…, te da libertad pero al mismo tiempo no sos de ningún lado, estás atado al camión, ganando plata para otro siempre. Mirá si yo voy a poder tener un camión… Bueno, no sé si da para ir con ustedes…
-Más bien, no nos vas a pesar para nada, salvo que quieras que te llevemos a cacunda. –lanzó Jacques antes de la carcajada.
Nos abrazamos ahí mismo, con ese modo áspero de los hombres.
Arrancamos a caminar hasta encontrar una parada de ómnibus. São Paulo no nos interesaba. No conocíamos a nadie.
Tampoco conocíamos a nadie más al norte. Pero con ese rumbo buscamos atravesar la ciudad que nos mostraba vehículos amontonados. Nos movimos por zonas periféricas, que parecían feas a propósito, como si la planificación hubiera previsto que todo fuera provisorio y apretado. Walter sabía cómo volver a la BR116, aunque nunca la había recorrido más allá del infierno paulista. Por unos kilómetros era una autopista. Como quince. Nos dimos a la tarea de bordearla, por unos caminos que no siempre le eran paralelos, uno de los cuales nos depositó en un pantano humano. Se sabe que los sumideros hechos de gente son mucho más traicioneros que los de barro. (Nota del A.: las aliteraciones que en este párrafo pululan no fueron premeditadas, ni siquiera meditadas en el momento. Una relectura me las mostró y no las cambié, en homenaje a algo que no sé qué es.)
Faltaba poco para que la ruta se hiciera llana. El suelo parecía caerse a nuestros pies. La tierra, como siempre roja, planteaba un declive hacia una favela. Rodear el barrio se veía demasiado lento y abrupto, por lo que hubo que atravesarlo. Todo se veía tranquilo, exceptuando quizá nuestros estómagos.
Atravesando el tiempo con la mirada, se pierden detalles pero los nudos del estómago o de la garganta siguen atados. Una vez que te ha pasado algo brusco, asustador, la ciudad del miedo queda para siempre en el mapa, generalmente marcada como capital. Hay algunas rutas que llevan hasta ahí y uno evita en lo posible tomarlas. A veces, sin embargo, no hay forma de evitar el olor de la sangre recién brotada de un cuerpo remitido a la tierra. Si uno lo piensa con lógica, sabrá de inmediato que no necesariamente uno estará en medio de una balacera cada vez que pase por ese punto del mapa. En cambio, razonando humanamente, si se puede no se vuelve nunca más, se reintenta reacomodar los retazos de alma y tener cielo no sólo a noventa grados, estar encerrado por una copa celeste. Poder abrir los brazos y los pulmones sin que haya ni siquiera hormigas en esa arena tibia.
Bajamos por el camino vertical. Pisamos las calles poceadas del lugar. Noté que las casas tenían un vago parecido con las de la Vila Presidente Obama. Sólo que con la pintura del tiempo. No parecía que abundaran los jardineros en la zona si se juzgaba por las especies autóctonas que se adueñaban de cualquier mínimo resquicio. Se olía fritura con aceite de dendê. A pesar de que no terminaba de gustarme, para el estómago era como que le dieran talerazos.
-Vamos a comer algo, vo… -dijo alguien.
No tardaron los otros dos en asentir. Como no llevábamos nada encima, íbamos a tener que comprar algo. No habíamos vislumbrado comercios. Calculamos que, si había algo, estaría en las inmediaciones del centro del lugar. Es decir, supusimos que el lugar tenía un centro. Lo tenía. Era una plaza de tierra con cuatro o cinco árboles. Pasaba uno de esos perros que husmean el suelo a la carrera, el mismo perro que está en cualquier lugar, casi como un decorado. Llamaba la atención la falta de gente, que no parecía justificable por más calor de mediodía que hiciera. Se notaba que ese era un lugar de mucha gente. Esos barrios siempre tienen mucha gente. Sobre una de las esquinas, vimos la escueta lanchonete, que se distinguía gracias a uno de esos ubicuos carteles de coca cola. Nos dirigimos gruñidos de asentimiento. El cansancio no dejaba muchas opciones más. Atravesamos la placita en diagonal. Polvo. Pasos secos sonando unos encima de los otros. El sonido de la tele que pasaba goles recién se hizo notar cuando estábamos a unos dos metros de ella. Una mujer flaca limpiaba algo de metal. Tenía cara de brasilera. Tenía una de esas caras que sólo se encuentran en Brasil, donde la herencia indefinida porque pudo haber tenido entre sus ancestros indios, alemanes, negros, portugueses, italianos o japoneses. Los ojos eran de un marrón verdoso, un poco desproporcionados para la cara, separados. Y parecían asustados. Quizá nosotros teníamos un efecto intimidante. Cualquiera que nos mirara podría decir que no éramos de ahí. Íbamos medio desgreñados y sudados. Capaz que representábamos la imagen de los vaqueros que entraban de pesados en la calle principal del pueblo casi desierto preguntando por el sheriff. Pensé que teníamos que ser amigables con la muchacha. Que no venía bien que hablara Walter primero, para no generarle perplejidad.
-Hola –dije con la sonrisa más natural que salió.
-Hola, -respondió mecánicamente, y agregó una pregunta espantada -¿justo ahora?
No entendí cuál sería el problema. Quizá a Jacques y a Walter le pareciera lo mismo. Se notó en los gestos que intercambiamos.
-Queríamos comer…
Miró como si no tuviera más escapatoria que atendernos.
Busco en la memoria las miradas de las personas que atienden en los lugares de comida rápida. No parecen miradas. Se parecen a la pasada por los productos del lector de códigos de barras. Son mecánicas, rápidas, prontas para que el cuerpo arme algo con dos panes o un vaso. Claro, eso en los lugares de mucho movimiento. Porque en lugares quietos, si bien la impersonalidad esta ahí, hay una lentitud que parece fruto de algo trabado en el interior de la persona. Pero esta muchacha mostraba el terror más inocultable en los movimientos rápidos de los iris, hacía barridos de gran angular desde su esquina de la casa. Parecía un canarito enjaulado, consciente de la cercanía de un gato de manos finísimas.
-¿Qué puede ser?
-Una hamburguesa. –contesté diciendo lo primero que me vino a la cabeza al mirar el cartel, como con necesidad de salir del trámite rápido, apremiado ahora yo también.
-Yo también. –se sumó Jacques
-Yo también. –dijo Walter intentando emular nuestro portugués, quizá intentando no alarmar a la muchacha, fragilísima dentro de la camiseta que dejaba adivinar unas tetitas humildes.
Daban goles en la tele. Mientras esperábamos llegué a ver algunos. No eran del Avaí. La sonrisa de dientes brillantes de la presentadora estaba como fuera de lugar en aquel ambiente, donde unos brazos rápidos movían la comida en preparación, mientras el cuello daba cada tanto vueltas que intentaban controlar la plaza. En una que se dio vuelta, nos miramos con Jacques. Él hizo la típica expresión del “qué mierda pasa acá” y mi cara respondió con el fruncimiento que significa “no tengo la más puta idea”. Ella debió haber notado nuestro diálogo mudo porque se puso un poco más nerviosa todavía.
Por fin, fueron saliendo las hamburguesas. Pedimos refrescos. Ella estaba tan en otro asunto que se había olvidado de ofrecerlos.
Recuerdo que traté de masticar despacio para tratar de mitigar la sensación del momento. No resulta muy bueno para la digestión comer con la sensación de que hay algo invisible y siniestro a la espalda. No había nada atrás. Ni nadie. El perro había desaparecido tras su rastro irregular. En la Vila Presidente Obama se habrían visto personas. Siempre andaba alguien en la calle y este caserío daba la impresión de ser más populoso.
Sólo se oía la tele. Sonaba a débil intento de tapar el sol con un dedo. El silencio sonaba más que todo y de a poco se iba transformando en ruido de vehículo que se acerca. Veo de reojo que una cortina se mueve, segundos antes de que la camioneta negra aparezca por la calle de la lanchonete.

lunes 7 de septiembre de 2009

IV Encuentro de Escrituras, una crónica narrativa

La luna generaba algo así como un campo de fuerza que expulsaba las nubes de su alrededor, esas que hace días venían instaladas sobre Maldonado, mojando la cuarta edición del Encuentro de Escrituras. Venía triste. Desde hacía un rato traía una vaga congoja en las manos puestas en los bolsillos, en el balanceo moroso caminando hasta casa. Ya me ha pasado y es el alimento de la felicidad. El vacío es el fundamento que uno tiene para intentar hacer cosas. Tenía una sensación de pérdida de lo que todavía no se perdió. La del futuro dolor, la de percibir el alma insustancial de la mujer que hará sufrir a un hombre de buena fe (o al revés, claro, pero es que hay cosas que uno vive y lo marcan). Sentía fuertemente que el último Encuentro de Escrituras es efectivamente eso. Temo que la política interfiera en las políticas, que no haya otros como Luis Pereira. Y que no haya gente con las trayectorias y calidades de Aldyr Garcia Schlee, Esteban Moore, Antonio Cisneros, Elder Silva, Alfredo Fressia, entre otros a quienes no estoy haciendo justicia, de puro ignorante que soy. También estuvieron Damián González Bertolino y Leonardo de León, amén de otros amigos y conocidos macanudos que no tenían asignados lugares brillantes pero que constituían el todo sin el cual no hay milagro. Mi presencia estuvo sólo en una fracción de las mesas. Había que trabajar, cosa que logré conjugar con los placeres de la literatura cuando la actividad se trasladó a uno de mis lugares de trabajo. Fueron Aldyr, Carlos Bernatek e Inés Trabal al Centro de Lenguas, un lugar de amor subfinanciado por Educación Secundaria. Por supuesto, intenté encontrarme allí donde estaban las personas queridas, como en la lectura de LDL, sobre la cual no abundaré por temor a que el individuo siga agradeciendo.
Pero sí de Damián, por motivos ajenos a él. Bueno, más o menos. Porque fue así: la presentación de su libro “El increíble Springer” estaba programada para las cuatro de la tarde en el CeRP del este. Se postergó para las seis, lo que me dejaba fuera de combate, ya que a esa hora estaría yo en el Centro de Lenguas. Por suerte había dos platos, siendo el segundo en la Casa de la Cultura, junto a Andrea Blanqué. Había una tela blanca sobre la que se proyectaría algo. La gente iba avecinándose al lugar y a las sillas. Se avisaba de que no había sido posible la conexión a internet, por lo cual no podríamos ver en la pantalla la imagen de TaRtAtExTuAl, el blog del antedicho escritor peludo. No era para tanto, así que Llarvi hacía una introducción breve y anunciaba una sorpresa que yo calculaba. Leía un fragmento del primer cuento del libro antes de leer uno de menor duración del segundo. Anunciaba el fausto momento que vendría a continuación. Su amigo Sergio Elena había venido de Montevideo especialmente a ver la presentación del libro. No sería nada destacable en esta crónica de no mediar los detallecitos de que es pianista y nieto de Felisberto Hernández, escritor uruguayo de alta factura que también era pianista y, ahí fue donde me desasné, compositor. Elena contó algún entretelón, como por ejemplo que las partituras originales de una obra del abuelo habían sido rescatadas de la basura por una limpiadora con olfato, que se las arrimó al musicólogo Coriún Aharonián. Narró además las palabras con que Felisberto había hablado de su obra “Negro”. El escritor mencionaba la “absurda melancolía de los negros”. Explicó algunos conceptos musicales que ilustró con el piano. Acto seguido, se lanzó sobre las negras y las blancas. Sonaba tan parecido a Egberto Gismonti que me corrió una cosa por la espalda. Barajé una hipótesis acerca del parecido y, conversando con el músico y con Damián un rato después, debí agregar la posibilidad de que de alguna manera las influencias fueran las mismas. O de que el mineiro conociera la obra del autor de “Por los tiempos de Clemente Collins”. Tuvo el efecto que tienen las bellezas inesperadas. Para darle un poco más de color a la velada, intervino Aldyr. Comentó que había traducido a Felisberto. Sumó que circulaba la versión de que éste habría estado alojado en un cuarto de cierto hotel de Jaguarão, el mismo donde también habría estado el escritor salteño Enrique Amorim, acompañado de Jorge Luis Borges. Sopesó el posible carácter mítico del relato. Damián, Elena, Felisberto, Egberto, Aldyr, Felisberto, Amorim, Borges. Interesante jugada colectiva.
Le tocaba el turno a Andrea Blanqué. Me pregunté cómo diablos podría levantar la apuesta. La carga poética había subido a grados difíciles de empardar. Empezó hablando de la edición cara de su libro, que se había agotado rápido por obra y gracia de los grandes volúmenes que compran ciertos comerciantes. Hizo alusión a la razón por la que se había demorado la reedición: crisis internacional. Terminó por decir que el libro había salido baratito, para que lo compre gente como ella. Pasó a su segundo párrafo, en el que empezaba a hablar sobre lo escrito propiamente dicho, la novela “Fragilidad”. De entre el público se oyó la inconfundible voz de Ignacio Olmedo, que pedía para hablar. Supuse que tendría ansias acotadoras. Pero no. Pidió silencio a unos que –me enteré recién entonces- conversaban en la periferia del público. “Molestan” dijo. El impacto instaló un viento inmóvil en la asistencia. No conforme aún, irguió su metro ochenta y pico con gorrito de lana y dio unos pasos hacia el lugar de donde él sabía que provenía el disturbio. Les reiteró lo dicho y los conminó a irse o integrarse. Agregó algo sobre los beneficios que le concede la edad. Volvió a la silla. Recibió el agradecimiento de Andrea Blanqué. “Gracias, Ignacio” dijo la escritora, que siguió hablando sobre su libro, manteniendo siempre la tensión narrativa, ya que este cronista no dejaba de preguntarse si en algún momento abandonaría el relato sobre el relato y, llana y lisamente, se dispondría a leer un fragmento del mismo. No lo hizo.
Se terminó esa mesa. Venía un momento de mármol. Necesité aire. Me encontré afuera del salón de la biblioteca a varias personas, una de las cuales invitó a tomar unas cervezas. Lo hizo con tanta autoridad poética que me vi forzado a tener un ángulo de visión todavía más agudo del acontecimiento que se terminaría el sábado de noche.
Por un enfoque más poético del asunto, apriete justo en el adverbio de lugar, aquí.

domingo 30 de agosto de 2009

Conferencia sobre Borges

Hace dos días, de noche, tuve unos momentos de felicidad. Había venido siendo acribillado a correos electrónicos y carteles en los blogs, razón por la cual no lo pude evitar. Me movía además el afecto que siento por Fabián Muniz, el Archiduque, un loco al que conozco de pocas ocasiones pero que siempre me ha dado una impresión de alegría y espíritu positivo. Constructor de sonetos además, que no es poco. Por esas razones, no por Borges, fue que me llegué hasta el CEI, donde la Asociación Cultural Occidente organizaba una charla al mentado escritor que veía tigres. He sido lector de Borges, he pasado por ese fructífero escollo. El hombre ese escribía como nadie y es peligroso. En fin, al grano. Los panelistas eran dos: el argentino Juan Pablo Vitali y el uruguayo Horacio García Verzi. Hablaron frente a un público que llenaba la sala. El primero expuso lo que a su entender es la decadencia cultural argentina, trasuntada en que no se lee a Borges en la educación de ese país, se destruyen los monumentos, se privilegia la inversión inmobiliaria frente al respeto por lo patrimonial, etcétera. Dejó claro que todo es, más tarde o más temprano, política. El enfoque es notoriamente la visión maximalista que ya tenía Aristóteles, que reputaba –lingüísticamente me parece- que todo lo que pasa en la polis es político. Con esto último concordó Verzi, que fue gradualmente pasando así a su punto. Primero hizo gala del necesario diálogo con el copanelista, luego pidió alguna disculpa por hablar de su persona, para entrar en terreno de humildades al hablar de su descomunal trabajo. La búsqueda giraba en torno al concepto de “identidad”, expresada por marcadores lingüísticos, en toda la narrativa y toda la poesía de Borges. Merece signos de exclamación. Así, por ejemplo, fue impactante escuchar la cantidad exorbitante de veces que Borges utilizó la palabra “cara” en uno solo de sus libros de cuentos. Cabe destacar la solidez de los argumentos de Horacio, quien además usó siempre el pronombre “nosotros” para identificar al autor del trabajo, en una exposición de una humildad que sé auténtica y no impostada.
Párrafo aparte necesita el destaque a los muchachos de la A.C.O., que se mandaron un bruto acontecimiento. Llenaron una sala no muy chica de gente nada menos que a escuchar una conferencia sobre literatura. Ya lo han hecho en otras ocasiones. Me parece un laburo de lo más interesante y enriquecedor. Para los que estuvimos ahí y, obviamente, para ellos mismos. Ojalá sigan haciendo estas cosas. Y otras.
Otro párrafo viene ahora a cuento de una croniqueta que publiqué en RRR, bajo el heterónimo de Rodney Da Silveira. En ella se trata de forma bien superficial y zafia lo que expresé con mis propias palabras en lo que va de este texto. Al punto de que, mendazmente, pongo que los panelistas se tomaron a golpes de puño. La simplificación estúpida y el adjetivo vano son los gobernantes de ese texto con formato informativo y ánimo entre humorístico y crítico con el periodismo de aplauso. El espíritu de juego irresponsable le ganó por varios cuerpos al amor a la verdad y a la justicia. Eso me lo hizo notar Fabián en su comentario. Mi amor por la polémica a veces es tempestuoso. Recuerdo que una vez se publicó en Iscariote un artículo mío en el que ponía, palabra por palabra, exactamente lo que yo pensaba sobre un libro local muy exitoso. Supe que eso valió un gran enojo por parte del autor, que igual vendió muchos más libros de los que yo sueño llegar a vender y lo disfrutó mucho. La diferencia de esa ocasión y de ésta era que entonces me movía una voluntad irreprimible de decir lo que pensaba, mientras que esta vez simplemente jugué de forma irresponsable.
Creo que de la crítica sincera y dicha en la cara nacen las cosas buenas que podamos construir. Por eso, valoro mucho las palabras de Fabián. Porque me provocaron el nudo infinito en la garganta que da cuando uno mete la pata y se lo enseñan desde la bondad que yo a veces olvido.